Debió saber que se enamoraría de ella. Si hubiese detectado las señales a tiempo, otra historia estaría contando. Su error fue creerla no insignificante, no poco merecedora de su amor, no la creyó tampoco demasiado inocente, honestamente, la creyó estupida.
Sí, eso fue lo que le dijo a Fabio el primer fin de semana tras conocerla: «Ella es estúpida si piensa que tiene una oportunidad conmigo», sonó como un imbécil y se jactó al creerse inalcanzable. Y Fabio le respondió con tono seco, tras ver su foto de Instagram: «Ya quisieras tú tener una oportunidad con ella».
Y entonces tuvo que pasar a contarle a Fabio cómo se habían conocido, que ella se había acercado a él fingiendo no conocer la ruta del transporte que la llevaba al centro. «¿No la conociste en la parada del transporte?» Lo había interrumpido de nuevo Fabio, como si quisiera recordarle sin sutileza que debía bajarse de esa nube de hombre inalcanzable desde la que le gustaba ver la vida.
«Pero fue ella quien luego me pidió si podía sentarse conmigo para que no se le pasara la parada, cuando le dije que yo también iba hacia allá» «¿Y para qué se lo dijiste?» Le preguntó Fabio interrumpiéndolo otra vez con ese tono de obviedad. Y sí, si él se hubiese detenido a entender que las preguntas de Fabio no solo lo estaban bajando de su nube de grandeza, sino también señalando su evidente interés por esa mujer, tal vez no se habría enamorado como lo hizo o sí.
En lugar de eso, le tuvo que explicar que fue imposible negarse, aunque no añadió que era imposible negarse a ofrecerle su ayuda cuando ella se acercó a él con la nariz roja como Rodolfo el reno, los ojos conteniendo las lágrimas y la voz quebrada por el miedo.
Fue imposible cuando su tono suave y bajo lo hizo acercarse a ella para entenderle y pudo notar que olía bien, a verano y a noches largas. Fue imposible cuando además de todo eso, ella le tocó el antebrazo con cuidado, como si temiera que él fuese a apartarla de golpe, pero también como si buscase un abrazo con la punta de sus dedos, lo que fuera para darse a sí misma confort. Fue imposible cuando notó la suavidad en su mano y lo fría que se sentía su piel. Y como un reflejo le puso la mano encima a la que ella tenía en su brazo como si quisiera pasarle no solo confort sino también su calor.
«¿Cómo iba a decirle que no? Habría echo todo un espectáculo con las personas que ya nos miraban». Omitió que cuando ella le tomó del brazo, le pidió ayuda con los ojos, y entonces notó a los dos hombres que estaban esperando a un par de metros sin despegar sus miradas de ella.
«Se me pegó todo el camino desde entonces»
Omitió, de nuevo, que fue él quien le cambio de lugar mientras el transporte llegaba, que se puso entre ella y los dos hombres, y cuando fue evidente que los hombres y ellos tomarían la misma ruta en voz alta le dijo: «Elige el lugar que quieras para los dos»
Por suerte, por la hora, porque quizás el destino estaba confabulando esa noche, había dos sillones libres, al final y al principio, eligieron los del fondo para quedar lejos de la vista de los hombres.
«Y no dejó de hablar en todo el camino por más que intenté mostrarle que no me interesaba nada escucharla hablarme de Poti», «¿De quién?» Y sí, ahí torció el gesto al notar que recordaba el nombre de su rana, una mascota de lo más curiosa para una persona de lo más curiosa también.
«Tiene una rana de mascota, es ridícula», pero en realidad le pareció interesantísimo y estuvo a lo largo del trayecto haciendo todo tipo de preguntas sobre el animal exótico, estuvo tan interesado que al final tuvo que mentir y le dijo a ella: «Es que quisiera comprarme una» como si necesitase justificar su repentino y honesto interés. Pero no, se dijo que no, que no era interés, y a Fabio le dijo que le parecía rarísimo, que nunca entendería porqué había gente tan perturbada como ella en el mundo.
«Pero bueno, por lo menos te deshiciste de ella» le había animado Fabio con tono cansino, y entonces, a pesar de que fuese la mayor contradicción de esa tarde, él se golpeó la cabeza contra la mesa con dramatismo y negó. «Me pidió mi número, que para sentirse segura y no ha dejado de enviarme mensajes desde entonces, es totalmente estúpida». Mintió. Porque fue él quien le dio su número y le pidió que le llamara cuando llegara a su casa o si necesitaba sentirse segura.
«Yo creo que le gustaste», le dijo Fabio. Y él hizo cara de desagrado. Pero luego, el resto de la tarde repitió en su cabeza esa oración hasta que se encontró preguntándose a sí mismo si sería así. «¿Será así de estupida para que le guste yo?» Se preguntó en voz alta. Y como si necesitara que alguien se lo viniera a negar, tomó su teléfono y le llamó.
«¿Serás así de estupida?», quiso preguntar, en su lugar dijo: «Hola, ¿cómo has estado hoy?» Y ella le contó de su día, aunque luego le diría a Fabio que lo que él quería escuchar era un vago «Bien, ¿y tú?», que en lugar de eso tuvo que escucharla por una hora y media. «Fue una tortura, menos mal solo tiene una boca y debía irse a comer, sino, se quedaría llamándome toda la noche». Omitió que una semana después se quedaron hablando por teléfono toda la noche y que no lo notó hasta que vio el amanecer en su ventana.
«Es estúpida y de lo más pesada» le diría a Fabio una tarde después de clases. «Bloqueala», «Es lo que haré», pero no lo hizo. Lo único que hizo fue no contarle de ella a Fabio los siguientes meses porque no admitiría que no quiso bloquearla, aunque eso sí, se dijo que no lo hizo por lástima. «Pobrecilla, seguramente nadie le hace caso y no quiero tener que ser el malo por culpa de ella, no estaría bien»
Se mantuvieron en contacto por un par de meses más, todos los días se enviaban mensajes, desde que salía el sol y a veces hasta bien entrada la madrugada. De ella lo sabía todo, o casi todo, y él había empezado a contarle todo de él, de su familia, de la escuela, de las anécdotas graciosas que le sacaban carcajadas a ella, sentía que la conocía de siempre y solo la había visto una vez.
Y como él no proponía citas, ni verla fue ella quien lo hizo. Y él le dijo secamente que no, que no estaba interesado en volverla a ver, que tenía cosas por hacer, que solo le respondía porque ella le hablaba primero y a él le gustaba ser el de la última palabra.
Y ella que lo conocía, no se lo creyó: «Lo que pasa es que sigues teniéndole miedo al amor», y como si ella hubiese golpeado en el punto más débil de su interior, consiguió una respuesta salida de su enrabiado corazón: «No podría salir con alguien tan estúpida como tú».
Y a él que le gustaba ser el de la última palabra, ese fue el último mensaje que le envió, porque ella no volvió a escribirle. Sabía que no lo había bloqueado porque todavía podía ver su imagen de perfil, todos los días veía los estados actualizados, los post nuevos que subía a sus redes sociales, las historias donde se le veía feliz con su rana rara y sus amigas. Y así hasta que un día vio, un post nuevo, era una fotografía donde salía ella con…
«¿Fabio?»
Debió saber que estaba enamorado de ella. Debió notarlo cuando sintió como si le arrancaran el corazón cuando vio esa sonrisa que le había gustado desde la primera conversacion sobre ranas, debió asumirlo cuando a pesar de los meses aún recordaba con claridad lo que se sentía su piel fría en la caliente de él, debió sospecharlo cuando pasaba horas y horas actualizando sus estados en las redes por si acaso ella había subido algo nuevo. Pero estaba tan ciego y tan dispuesto a ignorar los indicios que era más fácil llamarle a ella estupida que aceptar su pendejez.
«¿Cómo la conociste?» Le preguntó apenas respondió el teléfono Fabio.
«Le escribí cuando me dijiste que la bloqueaste», dijo honesto. «¿Qué?». «Me enseñaste su perfil el primer día, ¿te acuerdas? Y se quedó en mi historial, le escribí y no me respondió hasta casi tres meses después. Es increíble, no es para nada como me hablaste de ella, es divertida, muy conversadora y ya me presentó a Poti», «¿Conociste a Poti?» «Sí, de hecho, ya me compré una rana también». «¿Por qué?». «Porque a ella le gustan las ranas y bromeamos sobre tener una familia de ranas algún día, me tengo que ir porque he quedado con ella»
Le colgó Fabio tras una rápida despedida, y ahí se quedó, con el celular contra la mejilla, sin amor y sin rana, todo por ser un estúpido que no supo reconocer al amor de su vida.

Deja un comentario