4. Damisela en apuros

La mañana siguiente amaneció con una lluvia suave, del tipo de días que Cat odiaba porque significaba que debía esperar el transporte bajo la lluvia, por eso, procrastinando su salida de la casa, desayunó despacio como si no fuese contrarreloj y desde la ventana de la cocina vio pasar el transporte público. 

—No, no. 

Salió de la casa sin siquiera lavarse los dientes y con la mochila a medio cerrar. Corrió detrás del camión a pesar de que le llevaba una manzana de ventaja, pero era imposible. Lo había perdido. Miro al cielo y las gotas de lluvia le dieron directo en los ojos. Los apretó con molestia y a paso rápido continuó caminando.

—Asombroso —dijo molesta mientras sacaba el teléfono para llamar a Susana o a Alicia sin recibir respuesta de parte de ninguna. Llamó de nuevo sin darse cuenta que había marcado al contacto encima del nombre de Alicia—. Hasta que contestas, Ali necesito tu ayuda, está lloviendo, estoy mojada y el transporte no ha pasado, creo que se me hizo tarde. ¿Ya llegaste a la escuela?, ¿crees que puedas volver por mí? Tengo que llegar, tengo examen, de química y debo presentarlo. Voy caminando sobre el boulevard Independencia… Al… ¿Estás ahí? 

—¿Quién llama? —respondió una voz masculina.

—Lo siento, creo que me equivoqué.

—¿Catalina?

Colgó el teléfono. De todos los contactos de su teléfono, lamentó haberse equivocado y llamado a él, siguió caminando intentando cubrir su mochila contra su pecho, le sorprendía tener el número de él guardado entre sus contactos aunque no del todo, Alicia siempre estaba usando su teléfono y posiblemente ella tenía algo que ver. Estaba segura que le quedaba todavía media hora de trayecto a pie hasta el instituto, estaba mojada de pies a cabeza y no se encontraba del todo segura de que pudiera presentar el examen en ese estado, aunque en realidad no estaba segura siquiera de llegar a tiempo. 

Escuchó las bocinas de un vehículo antes de girar la cabeza y verlo. La puerta del lado de acompañante se abrió desde adentro y ella no lo pensó cuando ya se encontraba saltando en su interior. 

  —Gracias, estoy toda mojada, mis zapatos están sucios, ay no, estoy ensuciando tu auto. Lo siento mucho, debería bajar… —se movió como si fuese a salir del auto pero regresó su mirada a él con una disculpa en toda su cara, como pidiendo perdón por no poder bajar del carro y seguir ensuciándolo con ella—. Tengo examen. 

Alejandro la observó durante un momento más largo sin avanzar, ella estaba ahí, mojada, oliendo a algo que no identificaba y con sus ojos rojos por haber estado llorando desde hace media manzana. 

—No te preocupes —dijo él y aceleró— ¿A quién intentabas llamar?

—Alicia.

—Cierto… Así que… ¿Se te hizo tarde?

—Eso parece, ¿crees que podré presentar el examen así? Anoche me desvelé estudiando, sería ridículo que no pudiera presentarme.

—Bueno… tu pantalón no se ve mojado aunque seguramente lo está, pero tu blusa… 

—¿Qué tiene mi blusa? —Cat miró hacia abajo para ver su sostén rojo trasluciéndose debajo de la polo blanca— Asombroso —llevó sus manos a su pecho intentando cubrirse— Olvídalo, voy a reprobar, pero mantendré los estragos de mi dignidad intactos. ¿Podrías bajarme? 

—Estamos a una manzana de la escuela —le recordó con un tono que molestó a Cat.

—Esto se pone cada vez peor—sacó de su mochila un pequeño espejo y observó su cara y su cabello desarreglado, no había nada que hacer por él. Decidió soltar su cabello y cubrió su rojo sostén con él, le dio un par de jalones para que cubriera su pecho pero por más que jaló no cubrió nada. 

—Tienes el cabello largo —comento Alejandro con sorpresa— creí que lo llevabas agarrado en un nido de pájaros porque era corto y feo pero es largo y…

—¿Nido de pájaros? —lo interrumpió haciendo una mueca con su nariz.

—¿Qué?… Lo siento, no quise decir eso, era un nudo de… No hay manera de arreglarlo, ¿cierto? Lamento haberte ofendido.

—¿Crees que parece un nido? — sonó tan escandalizada como se sentía.

—Bueno, he intentado pensar a qué se parece tu peinado y después de pensarlo un rato he decidido que parece un nido… — volvió a callar cuando se dio cuenta de haber repetido el mismo error.

—¿Es lo que haces en tu tiempo libre? ¿Ponerle nombre a los peinados? — pregunto ella cuando estaban entrando al estacionamiento de la escuela.

—No, solo me preguntaba por qué me ignoras y ya que es lo último que veo de ti siempre que te alejas, no he podido evitar relacionar tu peinado con algo.

Ambos se quedaron en silencio, él esperando que ella aceptara sus disculpas y ella asombrada.

—Asombroso —dijo mostrando su sorpresa sin intenciones de maldecir. 

—Entiendo que uses esa palabra como un insulto pero es confuso porque no es una ofensa, ¿lo sabes, cierto? Entonces …¿estoy perdonado?

—Sí, sí, acepto tus disculpas. —No como que le quedara otra alternativa, él la había llevado a la escuela, era lo más amable que podía ser tratandose de él.

—Toma —él se quitó la sudadera que llevaba puesta y se la dio a ella —huele a mi colonia, pero creo que es mejor a pasar frio con tu blusa mojada.

—Gracias, Alejandro.

—De nada, Catalina.

Ambos bajaron del vehículo, ella olfateó la sudadera bajo la mirada de él y luego sonrió hacia el chico que parecía entre sorprendido y curioso.

—¿Usas colonia de perro? —preguntó ella.

—¿Cómo?

—Si yo llevo un nido en mi cabeza, tú hueles a perro.

—Lo acepto, supongo… ¿Te acompaño a tu siguiente clase? —Cat negó con su cabeza confundida y él también se mostró confundido al darse cuenta de la propuesta amistosa de acompañarla, las palabras últimamente se salían de su boca sin poderlas detener.

—No, nos vemos más tarde.

—Nos vemos.

El “Nos vemos” apareció más pronto de lo que ambos hubiesen imaginado cuando las clases fueron canceladas a causa de un apagón. Todo mundo vitoreo afuera de clases aquel día libre y la suerte de un día lluvioso. 

—¿Esa no es tu sudadera, Alex? —preguntó Susana interrumpiendo la conversación que estaban teniendo, mientras veía a Catalina dirigiéndose hacia ellos. 

—Es una larga historia —respondió cortante.

—¿Podrías resumirla?

—No.

—Bien… Ali me dijo que fuiste a dar asesorías de matemáticas ayer.

—Sí… — respondió el chico haciendo un saludo con la cabeza hacia la nueva llegada — Hola, Catalina.

Los tres caminaron hacia el estacionamiento

  —Hola.

  —¿Y qué tal? —insistió Susana intentando averiguar más sobre la cita

  —Fueron unas asesorías de matemáticas, aburrido —dijo a modo de explicación, como si aquello resumiera todo— ¿Sigue oliendo a perro? —Cat ladeo su cabeza, juguetona.

  —¿Aburrido? —Apareció Alicia detrás de ambos— ¿No saldrán? No puedo creer que me esmeré en conseguirte citas y tú no hagas tu parte.

—¿Mi parte? —miró a ambas chicas sin creer lo que escuchaba— Tienen que dejarlo, de verdad. No me importa ya, la verdad estoy cansado de hablar sobre el mismo tema, si aparece lo único que podría pedirle es que me deje tranquilo. 

—Solo tienes que aceptar unas cuantas citas Alex, Cat ha tenido una grandiosa idea… —dijo, pero fue interrumpida por un ahora más molesto Alejandro.

—¿Catalina?, ¿te has dejado convencer también?… Catalina —la llamó al notar que estaba distraída como de costumbre.

—¿Qué?

—Alicia dice que le has dado una grandiosa idea para encontrar a la chica del vestido.

—Yo no dije nada, fue un comentario sarcástico que se ha tomado literal… tengo que irme —y dio media vuelta dando grandes pasos intentando escapar de la mirada asesina que le lanzaba Alejandro.

Respiró un par de veces recuperando lo poco de paciencia que le quedaba en su ser

—Por favor, tienen que dejarlo atrás. Sería muy tierno encontrarla, pero en la vida real todo lo que hacen ustedes podría hacerme enfrentar una demanda por acoso. 

Se alejó de ellas intentando encontrarse de nuevo con Catalina, para empezar quería su sudadera de vuelta, y después hablar seriamente sobre los límites permitidos a los que una extraña como ella tenía acceso.

Luego de quince minutos buscándola alrededor de la escuela se dirigió hacia su vehículo donde se encontró, para su sorpresa, a Catalina cruzada de brazos y con la sudadera de él entre ellos. 

—Solo quería devolvértela.

—Gracias —ella se la dio dejando ver su aún mojada blusa y por lo tanto traslúcida—. Estoy seguro de que preferirías quedarte con mi sudadera un tiempo más.

—Gracias, pero no — los brazos de ella jugueteaban con su cabello sobre su pecho intentando de alguna manera cubrir su colorida ropa interior. 

Bien, tenía la sudadera, ahora faltaba hablarle de los límites. No sabía si era su educación fomentada en casa que le impedía comportarse como un cretino o que ella luciera tan ridículamente tímida e incómoda y a la vez segura que lo hacía mantener la boca cerrada y no hablarle de los derechos a los que no tenía permiso acceder por no ser amigos. Le devolvió la sudadera.

—Tómala, mañana me la devuelves, igual esto debe apestar a aves.

Ella lo observó durante posiblemente el mayor tiempo de toda la historia desde que lo conocía.

—Con suerte he logrado quitar el olor a perro —dijo aceptando la sudadera y poniéndosela de nuevo. 

—No lo creo. 

—Gracias de nuevo, supongo.

Él se despidió con un asentimiento de cabeza y subió a su coche. Apenas encendió el automóvil, la lluvia regresó, Cat corrió hacia la parada de autobuses.

—Ni siquiera somos amigos —encendió el automóvil y condujo hasta detenerse al lado de ella, quien esperaba debajo de un árbol, bajó la ventanilla del lado del copiloto—. Sube, Catalina.

Ella se acercó e inclinó su cuerpo hacia la ventana para verlo, pero no hizo ningún intento de abrir la puerta.

—Sube.

—No te preocupes, tomaré el siguiente autobús, pasa cada veinte minutos.

—Susana y Alicia me matarían si se enteran que te he dejado ir sola. 

—Ellas no van a enterarse.

—Solo sube —insistió sin pretenderlo o ser consciente que lo estaba haciendo, ella lo miró sin moverse, ¿Para qué? Ya se encontraba empapada y helada a pesar de la sudadera de él— Catalina. 

Odiaba su nombre completo simplemente porque él lo decía de ese modo, ¿Qué tan difícil era llamarle Cat como el resto del mundo? No, siempre había sido Catalina a pesar de haber sido presentada como Cat, porque ella así lo prefería. Ella no era Cat para los amigos, era Cat para todos y nadie había objetado aquello hasta que apareció él. 

—No, gracias —volvió a negarse a subir a su vehículo—. El transporte está por pasar, no tengo problema en esperarlo. 

—Estoy de pasada. —Era cierto, Alicia vivía justo al lado de él, estaba a siete cuadras más arriba de la suya y era necesario que pasara frente a su calle para poder llegar a su casa. 

—No voy a mi casa.

Se negaba a encontrarse en el mismo sitio que él, mucho menos en un pequeño automóvil. Catalina dio los dos pasos hacia atrás justo para que Alejandro volviera a poner en marcha el vehículo y se alejara de ahí a una velocidad normal. Ella lo observó marcharse con esas miradas que no lanzan patadas ni puñetazos, pero Alejandro no volvió la mirada ni una sola vez por el retrovisor para ser consciente de eso. 

Estaré subiendo capítulos diario, agradecería mucho si compartes tu opinión en comentarios.

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