AL PRIMER PROBLEMA

«The Battle»
Remedios Varo
Él
Lunes, 06:57
Salgo de un brinco de la regadera. No dudé de la temperatura del agua, porque nunca tuve esta necesidad. No me ducho por las mañanas en invierno, porque podría durar una eternidad bajo el agua caliente y eso haría que llegara tarde al trabajo.
Decidí tomar un baño para despejar mi mente de la Elisa de mis fantasías… pesadillas, me corrijo. No esperaba con que el agua estuviese tan helada, sé que un baño frío es un mito para quitar una erección matutina, eso no evitó que lo intentara.
Aprieto la toalla y salgo del baño. Voy maldiciendo todo el camino hasta encontrar el calentador, frunzo el ceño ante la programación que indica que se enciende de medio día y se apaga a medianoche.
Intento hacer un recuento. Elisa cada mañana que sale de su cuarto lo hace con el cabello aun mojado. ¿Todos estos días se ha bañado sin calentador? No hizo ningún comentario al respecto, aunque en realidad ella nunca se queja de nada.
De regreso a la habitación, la encuentro en el pasillo y con el cabello húmedo.
—¿Te bañas con agua fría? —detengo mis pasos y ella también lo hace.
Sus ojos se entrecierran en mí como si no supiera de lo que le hablo.
—El calentador de agua estaba desprogramado —intento que mi mala explicación funcione a su vez como una disculpa por mi falta de atención.
—Oh, eso —dice distraída— Sí. Por las mañanas nunca hay agua caliente.
—¿Nunca? —¿Se bañó durante dos semanas sin agua caliente? Eso debería ser ilegal con las bajas temperaturas matutinas de la ciudad.
—Solo en las tardes sale agua caliente —explica.
—A partir de hoy, habrá agua caliente por las mañanas.
En lugar de responder, la mirada de Elisa se detiene justo debajo de mi barbilla, en mi cuello. Sé lo que está mirando con detenimiento, Daiana sugería hasta el fastidio remover ese lunar del cuello con láser. No es una verruga, ni un lunar especialmente grande, tamaño promedio, es decir diminuto. Pero es el único lunar que tengo del cuello hacia arriba y sobresale entre el resto de mi piel. Me muevo un poco esperando que eso la haga volver a mirar a mis ojos, pero no funciona. Se abstrae en el lunar.
—No tengo problemas con el agua fría —y su voz tropieza con sus palabras al final de la frase, sé que está mintiendo.
—¿Cómo lo haces? —me bastó un segundo bajo la regadera para salir de un salto de ahí, ¿cuánta voluntad se requiere para durar un baño completo?
—Pues así.
Como estoy atento a sus ojos sobre mi lunar, me doy cuenta en el momento exacto en que descienden despacio por mi cuerpo. Estoy desnudo, recuerdo en ese momento, lo único que evita que lo esté por completo es la toalla que llevo sujeta con una mano a la cintura. He sido cuidadoso estas semanas para no andarme paseando en toalla fuera de mi recamara. Y decidí este particular día para olvidar que ya no vivo solo.
La mirada de ella se desliza hasta llegar a sus zapatos, puedo ver por la distancia entre nosotros sus mejillas enrojecidas, de hecho, se ruboriza del mentón hasta el principio de su cabello. Y es una suerte que ella esté mirando hacia el suelo, en lugar de a mi sonrisa estúpida y arrogante o el hecho de que cierto problema amenaza con crecer bajo la toalla. Porque siendo honestos, sé exactamente cuándo a una mujer le gusta lo que ve, y ninguna mujer con la que ha estado antes se ha quejado. Todo ese rubor es una respuesta común, lo que no es común es la respuesta de mi propio cuerpo a su respuesta. Contengo el aire y camino lejos.
—Lo solucioné —explico con rapidez caminando lejos de Elisa, intentando hacer la tabla del 17 en mi cabeza.
—Eso es una buena noticia. ¿Desayunas?
Respiro hondo con mi mano en el picaporte de mi puerta.
—Sólo un café, tengo una reunión en la oficina esta mañana y llevarán desayuno.
—¿En la oficina? —estoy por abrir la puerta de mi cuarto, asiento sin girarme hacia ella. 17. 34. 51. 68— ¿Sabes? Si Priscila supiera que les llevas desayuno a tus empleados para reuniones, ella estaría cambiando de empleo —85. No entiendo que tiene que ver en esto la gerente de Clare y nota mi confusión porque aclara—. Tendrás un desayuno como reunión en tu cafetería. Eso es muy amable de tu parte.
¿En la cafetería?… Cierto. Elisa sigue creyendo que yo tengo una cafetería como Clare.
—Sería bueno que Priscila no se enterara en ese caso, ¿no? —respondo sin desmentirla.
Asiente con una sonrisa. No pierdo más tiempo y entro en la habitación.
Me convenzo, mientras entro al agua helada, que lo que ocurre conmigo es sedentarismo y casi un mes siendo soltero haciendo efecto. Esto no tiene nada que ver con Elisa o el sueño de la noche anterior.
Después de despedirme de ella, me quedo en la cocina terminándome el café, estoy más o menos listo para regresar a mi rutina laboral. No es que esté alargando mi retorno. Sólo no estoy listo para lidiar con las miradas de los empleados, las insinuaciones de Jessica o los pendientes que hubo a lo largo de estos días. Y como si mis ajetreos se conectaran con Lucas, me llama. Contesto la llamada mientras tomo mis llaves.
—¿Ya vienes en camino?
—Aún sigo en mi edificio —digo cerrando la puerta y camino hacia el elevador.
—Te espera una fiesta aquí —suena burlón y yo entrecierro los ojos en respuesta, conozco lo suficientemente bien a Lucas.
—¿Una fiesta? —escucho su risa contra la bocina. Presiono el botón para ir a recepción.
—De bienvenida, con gorros coloridos, pastel, y cuanta cosa puedas imaginar.
No tengo qué preguntar para saber exactamente quién está detrás de todo esto: Jessica.
—¿Esta es la reunión a la que se refería mi secretaria por correo?
—Sorpresa. Te lo estoy avisando, para que llegues con una sonrisa. Además, es para celebrar que nos cambiamos al piso treinta. Acabas de regresar de unas vacaciones, espero que vuelvas de buen humor.
Odio las sorpresas. La última en la que me vi envuelto terminó con mi cercano matrimonio yéndose al caño. Ajusto las mancuernillas en las mangas de la camisa con mal humor. Sin despedirme le cuelgo la llamada al tiempo que las puertas se abren. Elisa está en la recepción mirando hacia la calle.
—¿Estás esperando un taxi? —se gira hacia mí y sonríe.
—Estoy esperando que deje de llover.
—No va a dejar de llover.
—Oh —el portero camina hacia las escaleras para ir por mi automóvil. Elisa suspira y se cruza de brazos—. Bien, nos vemos más tarde —da unos pasos hacia la puerta.
—Con la lluvia no encontrarás taxis disponibles —le advierto.
—Caminaré. Está lloviznando… —pero como si el destino jugara contra ella la lluvia se vuelve ruidosa y al mirar hacia la calle noto que llueve con más intensidad.
—¿Quieres un aventón?
—No quiero ser una molestia, caminar bajo la lluvia es… divertido.
—No es divertido contraer un resfriado —porque necesito verme menos amable añado—, y no quiero que me contagies una gripe apenas vuelva al trabajo. Elisa no se hace del rogar, por suerte.
Apenas enciendo el automóvil, ella tiene la nariz casi pegada al vidrio a su lado.
—¿Puedo bajar la ventana?
No.
—Seguro.
A la mierda el automóvil de mis sueños. Ella sonríe como si le hubiera dicho que estaba por llevarla de viaje a París, y sé exactamente como es una sonrisa así porque de ese modo me sonrió Daiana cuando la sorprendí con nuestras reservaciones para la luna de miel. Complacer a Daiana era innecesariamente costoso, pero hacer que Elisa sonría de esa manera está al alcance de bajarle la ventanilla y permitir que saque la mano para disfrutar de la lluvia y el viento contra su piel.
Bajo la velocidad, estamos a solo dos manzanas de la cafetería de Clare. Me cambio al carril de baja velocidad y conduzco tan lento como me es posible.
—No recuerdo cuando fue la última vez que hice esto —dice ella soñadora.
—Yo tampoco.
Elisa me mira a mí y a la ventana subida a mi lado. Me saca la lengua de manera infantil lo que consigue una risa de mi parte.
—Necesitas vivir un poco, ¿sabes?
—Si pierdes una mano, mi seguro no lo cubre, ¿entendido?
Me ignora y sigue con la mano fuera del vehículo, aunque ahora un poco más cerca de la carrocería y más alejada de los automóviles estacionados.
—¿Ya querías regresar a trabajar?
No.
—Sí, tengo una larga lista de pendientes —dejo que mi falta de emoción se note en mi voz.
—Suena emocionante —se burla.
—Y Lucas dice que hay un pastel esperando por mí —añado para empeorar el panorama.
—Debes ser un buen jefe.
—Estoy seguro de que piensan que soy un fastidio.
Ella niega y le sonríe a la lluvia. El conductor tras nosotros pasa pitándonos y haciéndome una peineta al pasar a mi lado. Por suerte, Elisa sigue atenta al exterior.
—Llama a un taxi si sigue lloviendo a tu hora de salida —le aconsejo, esperando que esta vez me escuche.
—¿Lloverá todo el día? —asiento, por lo menos según el pronóstico del clima—. Muchas gracias por el aventón —dice al detenerme unos metros antes de la cafetería—, ojalá no llegues tarde por mi culpa.
—Las ventajas de ser el jefe.
Me da la razón asintiendo y baja despidiéndose con la mano. Espero hasta que esté dentro del local y una sonrisa crece despacio en mi rostro. Sacudo la cabeza, todo esto es culpa de esa maldita pesadilla. Ella es demasiado joven y yo no voy a ser el cabrón que se aprovecha de una situación ventajosa. Lo que yo necesito es encontrar con quien follar. Y no será Elisa.
Y tampoco será Jessica.
—¡Por ser un buen compañero! Por ser un buen compañero…
Me obligo a sonreír mientras los empleados corean para mí. Me pregunto si todo este circo está relacionado al hecho de que mis vacaciones repentinas no hicieron olvidar a nadie que estuve a punto de casarme.
Cuando la canción termina, le continúan aplausos y chiflidos. ¿Qué hice para merecer esto? Como si la situación no pudiera ser peor me encuentro chocando puños con cada uno de los empleados, asiento como idiota a las conversaciones triviales y aseguro una y otra vez que me divertí cada día fuera de la oficina. No es una mentira, algunos podrían decir que fueron unas vacaciones tediosas, pero no estuvo tan mal como creí que serían.
—Bienvenido, Leonardo. —Jessica se acerca con un pastel. Lo deja en la mesa de la sala de juntas y decide que un abrazo es tan profesional como un apretón de manos—. Te extrañamos estos días —susurra en mi oído.
Me habría encerrado en el pabellón psiquiátrico si mi cuerpo hubiera tenido una reacción al suyo, por suerte mi problema con la vida de soltero y la abstinencia no tienen nada que ver con las mujeres. O no lo sé.
Cuando por fin escapo a mi nueva oficina, Lucas me sigue a unos pasos con sus risas.
—¿Qué te dijo Jessica hace un momento? Tu cara era un poema —Lucas trae un plato con pastel en sus manos—. Va a decepcionarse mucho cuando se entere de Elisa.
Me toma un segundo recordar que él cree que salgo con ella. Finjo una sonrisa.
—¿Siguen saliendo? —insiste.
—Esta mañana la dejé en el trabajo —eso debería bastar como respuesta, pero no es así.
—Entonces —alarga un poco más las vocales convirtiendo su tono de voz en insistente— ¿Elisa y Clare trabajan juntas?
—¿Desde cuándo tú y mi hermana son confidentes? —digo encendiendo la computadora y sentándome detrás del escritorio. Lucas se sienta frente a mí.
—Yo… Ella… sólo estamos preocupados por ti —pero el modo en que mueve el cuello de su camisa demuestra que hay más.
—Claro.
—¿Entonces sí?
—Sí.
—¿Dijiste que ahí conociste a Elisa? —asiento, sin añadir más detalles—. Es simpática, ¿cierto? Parece simpática.
—Es simpática —acepto sin añadir de nuevo más información.
—Venga, Leo. Soy yo.
—Eres tú. Pero pronto también lo sabrá Clare. ¿Me equivoco?
Tiene la decencia de no responder.
—Deberías tener cuidado con mi hermanita —le advierto. En respuesta él levanta ambas cejas apretando los labios, acabo de dar en el clavo—, Clare no sale con hombres. Sólo se divierte. Y tú, amigo, no sabes sólo divertirte.
Lucas mantiene relaciones largas mientras que la más larga duración de Clare fue posiblemente de trece horas, y, siendo amable con ella, quizá de un fin de semana completo.
—Sólo hablamos de ti —su tono ahora es un poco molesto y soy yo quien ríe esta vez.
—Como sea.
—¿Has hablado con Samuel? —Niego, me comporté como un cretino con él, pero no significa que haya cambiado de opinión sobre Samuel jugando con Elisa.
—No hay nada de qué hablar.
—¿Vas a invitar a Elisa a mi cumpleaños?
—No.
Ella no quiere ir y no planeo obligarla a acompañarme, ni someterme a un rechazo.
—¿No?, ¿no acabas de llevarla a su trabajo esta mañana?
—Nos estamos conociendo.
—¿Es tu manera de mantenerla lejos de Samuel? ¿O sólo estás divirtiéndote un rato?
Así que de esto también le habló Clare. Le entrecierro los ojos. No la mantengo lejos de Samuel, estoy haciéndole un favor al mantenerlo alejado de ella.
—Ninguna de las dos. Sólo no irá.
—Ya —no se lo cree.
Le frunzo el ceño y entonces decido matar dos aves de un tiro.
—¿Sabes usar Tinder?
Su frente se frunce por el cambio de conversación.
—¿Qué pasó con Elisa?
—Ya te lo dije, sólo nos estamos conociendo.
Me mira durante varios segundos y yo mantengo la seguridad en mi rostro. Extiende su mano hacia mí.
—Dame tu teléfono, haré un perfil para ti.
Cuando por fin llego al apartamento, mis hombros se relajan. Aquí no necesito lidiar con ningún problema, estoy en casa. Al abrir la puerta encuentro a Dolores yendo hacia la cocina. Le deseo un buen día y pregunto por sus vacaciones. Ella ha sido parte de mi vida desde que nos mudamos a casa de Héctor, y desde que mi madre y él se mudaron de ciudad trabaja aquí.
—Espero que haya tenido un buen día, joven Leonardo.
Si así se le puede llamar a este día caótico.
Dolores toma su bolso del sillón. Dejo abierta la puerta principal para ella.
—Que tenga una buena noche —me despido de ella. Y entonces noto que el apartamento se siente inusualmente silencioso—. ¿Está Elisa? —ella sonríe y asiente, incluso levanta un pulgar hacia mí. Todo ha ido bien.
Me pregunto cuánto tiempo más tendré que pagarle extra a Dolores. Tener viviendo a Elisa aquí no debería ser igual a gastos innecesarios, y pagarle como niñera se siente justo como eso.
Camino hacia el cuarto de lavado, tal vez podría poner una lavadora y quizás eso reduciría las horas extras de Dolores. Elisa sale de ahí. Camina con sus hombros caídos y arrastrando los pies, levanta el rostro hacia mí y casi podría asegurar que estuvo llorando. O solo contrajo una gripa porque regreso al edificio con la lluvia, su nariz roja podría ser ambas cosas.
—¿Un día difícil?
Baja la vista y muerde sus labios entre sí sin responder, ¿qué pasó con mi idea de no jugar a ser su terapeuta? Si ella tiene un problema debería decirlo, y sino entonces no debo entrometerme, pero sigo frente a ella esperado una respuesta. Cuando levanta los ojos, noto las lágrimas contenidas.
—¿Pasa algo? —doy un paso hacia ella.
—Lo siento tanto —las lágrimas comienzan a desbordarse sin ninguna explicación.
—¿Elisa? —me detengo, ¿qué ocurrió?
—Fue un accidente. Yo sólo quería ayudar a Dolores, ella no tiene la culpa, yo insistí.
Suspiro. No puede ser tan malo.
—¿Qué ocurrió?
Vuelve a llorar ahora un poco más fuerte que antes. Venga. ¿Clare la despidió?
—Shh.
Intento abrazarla, aunque termina siendo solo algo muy torpe de mi parte y solo consigo dejar un par de palmadas en su espalda.
—Lo siento.
Se aleja de mí y regresa hacia el cuarto de lavado, la sigo. Bien, aquí debería estar la respuesta a esa escena de lágrimas y llanto. Señala la lavadora y repite que lo lamenta.
No tengo ninguna pista cuando camino hacia donde apunta. Pero al ver dentro de la lavadora solo tengo un pensamiento: Rosa. Elisa no tiene tanta ropa. Mucho menos tanta color rosa. Esta es mi ropa, ¿no? Mierda.
—¿Cómo?
—Una franela roja.
Eso no responde nada.
—¿Cómo?
—Quise ayudar con la limpieza de los muebles, debió caerse cuando metí la ropa blanca.
Por supuesto, Dolores me lo advirtió hace más de una semana. Elisa quería sentirse útil en lugar de solo andar tras ella. Estos son los resultados de no hablar con Elisa antes. La limpieza es el trabajo de Dolores. Maldita sea. Tomo la primera prenda que resulta ser una camisa francesa antes blanca y ahora rosada.
—¿Puede arreglarse?
Ya no está llorando, pero por el modo en que muerde su labio inferior estoy seguro de que podría hacerlo sangrar. Niega con la cabeza como respuesta. Suspiro resignado.
Saco la ropa al cesto vacío. Cuento doce camisas, y catorce camisetas. Bueno, podría ser peor. Pudo haber arruinado la ropa de color. Pudo haber quemado la lavadora. O el cuarto de lavado, o todo el edificio. No debí esperar más de ella, Elisa apenas cocinaba cuando llegó aquí, ¿en serio esperaba que supiera hacer algo más? Es muy posible que fuera una niña consentida hasta que murieron sus padres. Lo que explicaría perfectamente sus nulas prácticas hogareñas.
Supongo que debo sentirme agradecido de haber sido responsable de las tareas del hogar desde niño. Mientras mamá trabajaba por las tardes, nuestro tiempo en casa con niñeras mediocres terminaron haciéndome madurar antes.
Cuando la niñera jugaba a las muñecas con Clare, yo ponía ropa en la lavadora, limpiaba el jardín, regaba las plantas o guardaba el desorden de mi hermana. Tanto como un niño puede hacerlo. Con la única finalidad de que mamá llegara a casa a jugar y no a limpiar. Funcionaba. Y ella sabía que la casa limpia no tenía nada que ver con la niñera adolescente.
—Eres un buen niño, Leo. Eres más de lo que podría esperar.
Y cuando Héctor llegó, las cosas mejoraron, mamá no tenía que dejarnos con extraños, y los tiempos libres de ella eran exclusivos de nosotros.
Sé que toda esta falta de conocimientos de Elisa, y que ha dado con la baja de mi ropa blanca no es sólo su culpa. Es mía por no impedirlo, y de Dolores por permitir que se acercara a la lavadora; y de Elisa, por supuesto. ¿Por qué insiste en ayudar cuando nadie se lo ha solicitado?
—¿Por qué… —la pregunta se queda en el aire al darme cuenta de que Elisa ya no está en el marco de la puerta.
Devuelvo la ropa a la secadora y la enciendo, puede que Dolores sepa de algún lugar que reciba esto como donación. Sería gracioso ver indigentes con ropa rosada. No en realidad, pero intento convencerme de que algo bueno puede salir de todo esto. No se me ocurre nada para ser honesto. Al salir del cuarto busco a Elisa en el resto del apartamento sin éxito.
Me dirijo hacia la habitación de invitados. Su habitación. Su habitación temporal, al menos. No haré un drama por ropa, eso sería muy de Clare. Y creo que pudo ser peor, pudo haber quemado la cocina. Toco a la puerta un par de veces. Le diré que añada otro regalo para mí, tal vez podría sugerirle pintar sobre el cuadro de las montañas nevadas que Daiana compró y colgó sin pedir mi autorización. Quizás pueda volver a dibujar la caricatura que hizo de mi hermana de ese tamaño, sería una broma perfecta para la próxima vez que Clare haga uso de mi apartamento como motel.
—Elisa.
Llamo tan fuerte y claro cómo puedo. Quizás he sido un poco más duro de lo que está acostumbrada a verme. Lucas me consiguió una cita para mañana, si el sexo no me convierte en una persona más amable entonces no tengo idea de qué lo hará.
Vuelvo a tocar y espero, quizás se está cambiando ahora mismo. Estoy a punto de ir a la cocina cuando la puerta se abre. Tardo en procesar la imagen frente a mí.
Elisa está llorando. O al menos pretendiendo que no ha estado llorando, aunque eso no es lo peor de su aspecto, sino la mochila que lleva en su mano derecha. Agacha la cabeza como si así pudiera ocultar su rostro de mí, pero es imposible esconderse cuando estamos a menos de veinte centímetros de distancia.
—¿Qué estás haciendo?
¿Lo que lleva en la mano es su mochila? ¿Ella quiere irse? ¿Ella va a irse? Al menos tiene la decencia de levantar la cara, aunque no me mira a mí. Sino a mi estúpido lunar sobre el cuello. Voy a removerlo, me juro en ese momento.
—¿No es obvio? —pregunta con voz débil.
—No.
Aprieto los dientes. ¿Exactamente a dónde irá? ¿Pretende regresar a ese lugar del que la saqué? Esto es completamente inmaduro de su parte, no puede solo decolorar toda mi ropa y luego huir de aquí.
—Acabo de arruinar toda tu ropa. Te prometí que no daría problemas, y ese es un costoso problema. Me estoy yendo antes de que tú me saques a patadas de aquí.
—¿De qué hablas? —sus palabras se sienten como una paliza.
Parpadeo intentando encontrar sentido a lo que dice, ¿qué de lo que hice hace unos momentos le ha dado esa impresión? Estoy seguro de que ni siquiera reaccioné como lo habría hecho alguien a quien le han jodido toda su ropa blanca.
—Estropeé tu ropa y… —lo que sea que vaya a decir se ahoga en su voz, la analizo: sus ojos marrones llenos de lágrimas, su nariz y párpados están enrojecidos. Niega y mira al suelo. No tengo idea de qué puedo decir para que entienda que no es tan grave como piensa.
—Es solo ropa —repito esperando que eso sea suficiente.
Es sólo dinero. Pero ella no lo entiende, no espero menos de alguien que llegó aquí sin nada más que una mochila a punto de deshilarse. ¿Ahí lleva todo? Se ve justo como cuando llegó, excepto que el día que Elisa llegó aquí se veía tímida y calmada, quizás un poco desconfiada como si…
Como si fuera a sacarla de aquí.
—No es sólo ropa —rebate. Y creo que es la primera vez que me contradice en dos semanas, aunque ha elegido ponerse del lado contrario en el momento equivocado.
Su cabeza está tan inclinada que solo puedo ver su cabello. Abro y cierro las manos manteniéndolas quietas a mi costado. Descubro con sorpresa que lleva puesto sus tenis viejos. Trago saliva a la fuerza.
Siento que hay información aquí que se me está escapando de las manos. ¿He sido tan agresivo al poner todas esas reglas con ella para que realmente crea que podría solo echarla a la calle sin ningún tipo de tacto? ¿O hay algo más?
Ella sigue desmoronándose frente a mí sin que pueda evitarlo. En realidad, darle tiempo obtiene los resultados opuestos a los que deseo. Mis dedos queman contra mi pantalón. No entiendo de dónde viene todo ese mar de lágrimas, pero estoy seguro de que no he sido yo.
Su llanto es audible, aunque intenta calmarse llevando su mano con la mochila alrededor de su cintura como si se abrazara. Respiro hondo, mis manos siguen quemando contra mi ropa. Solo debo darle tiempo. Su otra mano va a su cara para ocultar o callar su llanto. Esto no está funcionando.
A la mierda.
Rompo con los veinte centímetros entre nosotros y paso mis brazos alrededor de su cuerpo. En respuesta, Elisa se aferra a mi camisa por la espalda, sin su mano sobre su boca sus sollozos son opacados contra mi ropa.
Me encojo ante sus gemidos llenos de dolor, cierro los ojos y respiro hondo, ¿se puede llorar de miedo? Porque esto suena justo así. Doy nuevamente una larga respiración y estoy seguro ahora de que ella está imitando mi propia respiración, necesito que se quede conmigo y deje atrás los pensamientos que la estén atormentando de este modo, vuelvo a respirar, contener el aire y soltar despacio, ella me sigue.
Su cuerpo es pequeño en comparación al mío, es delgada, aunque ya no la desnutrida chica que entró por mi puerta. Intento traer a mi memoria esa imagen, Elisa en los brazos de ese cerdo que intentaba subirla a la fuerza. La imagen hace que una ola de ira me invada, afirmo un poco más el abrazo, respiro hondo y ella vuelve a inhalar.
Lo intento de nuevo, recuerdo a Elisa llorando esa madrugada en mi sofá sin lograr tranquilizarse, justo como ahora. Ella estaba tan asustada entonces que ni siquiera pude hacerla hablar o decirme una dirección o un nombre, por eso la traje a mi apartamento. Esta no es la primera vez que la veo llorar, aunque entonces lo único inteligente que hice fue servirle agua.
Aprieto los dientes. Fui insensible entonces, ofreciéndole agua y palabras superficiales.
—Fue mi error, no de Dolores —apenas puede decir esas seis palabras y vuelve a llorar.
Respiro una vez más y me doy cuenta de que huele a coco, flores y vainilla, también noto que sus sollozos disminuyen. Su mejilla descansa contra mi pecho y eso de alguna manera me acerca aún más a ella. Recargo mis labios contra su cabello y me doy cuenta de lo simple que sería besar su frente. Respiro hondo y ella vuelve a respirar conmigo. Cuando los temblores de sus hombros desaparecen sé que recuperó el control de sus emociones.
—Olvídate de eso, Elisa.
Separa su cabeza.
—¿De qué? —su cautela me desarma.
—Sobre eso que has dicho, tienes derecho a cometer errores sin que eso signifique que voy a sacarte de aquí —aclaro. Necesito que ella lo entienda, echa su cabeza hacia atrás y me mira directo a los ojos, asegurándose que mis palabras son honestas—. No lo haré, ¿de acuerdo? Puede que incendies la cocina un día de estos, y aun así…
Ella deja en el aire una risa triste que se siente como un cuchillo afilado.
—No lo hagas —intento aligerar el ambiente con una broma y ella niega.
—Siento mucho lo de tu ropa, fue un accidente —agacha la cabeza y vuelve a dejarla caer contra mi pecho. Sus brazos se aprietan a mi alrededor.
—Lo sé.
Da un paso firme hacia atrás rompiendo el abrazo y yo la dejo ir sin ninguna excusa de por medio. Nos miramos y puedo ver en sus ojos la incomodidad de todo esto.
—¿Puedo preguntar cuánta ropa puede caber en esa mochila?
—Es la misma ropa con la que llegue —aclara, levanto una ceja.
—¿Hay un vestidor con ropa de mujer para sustituir mi ropa blanca?
—Yo no diría que un vestidor, es ropa de una semana. Pero no iba a ser tan cínica para llevarme todo eso después de lo que hice con tu ropa.
Realmente intento entenderla, en vano. Iba a irse sin tener un lugar a donde ir, sin dinero suficiente, sin ropa y aterrada de hacerlo. Vuelvo a mirar su mochila y me doy cuenta de que es un constante recordatorio de su pasado, y ella no debería recordar esos meses infelices.
—Lo justo es que quedemos a mano —señalo su mochila y ella me mira con confusión y dudas—, si yo voy a enviar a donación mi ropa rosa, tú harás lo mismo con tu ropa.
Niega veloz y podría asegurar que se aferra con más fuerza a esa vieja mochila. ¿Porqué?
Porque cree que es todo lo que le queda. Por supuesto.
—El día… —No, eso no—. cuando seas capaz de independizarte, no necesito quedarme con un armario lleno de ropa de mujer. Es tuyo.
Aun así, duda y pasan unos segundos hasta que cede, abre la mochila y solo saca el cuaderno de dibujo y los lápices antes de entregármela. ¿Cómo es que el pasado de alguien no pesa y a la vez es tan pesado? Sé que debo desaparecer esto antes que vuelva a tenerla en su posesión.
—Te toca calentar la cena —me doy media vuelta y me dirijo hacia el cuarto de lavado sin esperar su respuesta. A la secadora le queda media hora cuando llego al cuarto de servicio. Aprovecho el tiempo para hablar con Clare.
—Hermanito, ¿qué cadáver debemos enterrar ahora? —responde alegre. Sonrío un poco.
—¿Por qué siempre piensas que llamo para pedir favores?
—Intuición femenina.
Paso el siguiente cuarto de hora explicando de manera breve y evasiva lo ocurrido de esta tarde, modificando un poco la historia. Le digo que me quedé sin ropa blanca por un accidente con la lavadora, ¿qué accidente? Un calcetín rojo entre la ropa.
Eso basta para que entienda de lo que hablo porque se ríe a carcajadas. Y antes de que se lo proponga ella me dice que irá de compras por mí.
—¿Podrías llevar a Elisa?
—¿Por qué? —no suena enojada como la primera vez que le pedí ayuda con ropa para Elisa, tampoco suena a punto de negarse como antes, sino curiosa, lo que es peor.
—Tiene ropa para una semana, y tú eres una mujer, una con un closet del tamaño de una habitación. Sé que es imposible sólo tener siete cambios.
—Elisa te tiene comiendo de su mano.
—¿Lo harás? —ignoro su comentario.
—¿Es cierto que Lucas te consiguió una cita por Tinder?
Ya lo había olvidado.
—Ya pasó casi un mes desde… y necesito salir a divertirme —me excuso, puede que Lucas tenga su propia versión, pero Clare sabe la historia completa.
—¿Quieres que vaya de compras con Elisa, pero saldrás con otra chica? —hay burla en su voz.
—No sé porque ambas cosas deberían estar relacionadas.
—Yo creo que sí lo sabes.
Bufo en protesta contra su insistencia.
—Ella necesita ropa, yo necesito ropa y a ti te encanta ir a jugar a las tiendas con mi dinero.
—Eso lo entiendo.
—¿Qué pasó con tu desconfianza y malhumor sobre Elisa? —pregunto intrigado.
—Lucas me contó que hiciste reservación en The Moon para esta desconocida de Tinder, por mucho preferiría a Elisa.
The moon es un exclusivo restaurante francés, usualmente se necesitan de tiempo para encontrar disponibilidad, pero no es complicado cuando Lucas tiene amigos por todas partes. Tampoco se me escapa que menciona el nombre de él en dos ocasiones en una misma llamada. Y sé que no debería entrometerme en su vida amorosa, pero no voy a dejar que salga herida si puedo evitarlo.
—Oye, Clare…
—¿Sí?
—Lucas me contó que llevará a su nueva novia a su cumpleaños.
La línea se queda unos segundos en silencio.
—Es muy guapa —dice finalmente, sin sonar decaída ni sorprendida.
—¿Lo sabías?
—Por supuesto. Nos contamos todo, la verdad es que tengo el mérito en todo eso.
—¿Sí? —mi tono de sorpresa no es por su amistad, sino por haber malinterpretado la situación.
—De no ser por mí, quizás habría vuelto con su ex.
—No lo dudo —bromeo.
—Llevaré a Elisa de compras mañana, y tú diviértete en tu cita.
Cuando cuelgo el teléfono, acepto que tengo que darle un punto de sabiduría a Clare. Yo también preferiría pagarle esa cena a Elisa que a una desconocida de internet. Pero esta cita tiene una finalidad, y debería ser suficiente para dejar de pensar en Elisa, ¿no?
Nota para contarte que mi novela: UNA MUJER TAN FUERTE, está completa en WATTPAD y quedó en la lista corta de los wattys, a continuación añado el link por si quieres ir a leerla.
A partir del 22 de septiembre y hasta el 28 de septiembre se podrá votar, así que si tienes una cuenta en Wattpad y te gusta la historia entre todas las otras, agradecería mucho tu apoyo

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