ADAPTARSE, SOBREVIVIR O PERECER

«Charles Robert Darwin»
John Collier
ELLA
Miércoles, por la noche
La evolución parte de la necesidad del individuo para adaptarse a las circunstancias y sobrevivir. Parece simple, incluso parece justo. Pero no lo es. No todos nos enfrentamos a las mismas circunstancias. He llegado a la conclusión de que la anterior idea de que el más fuerte sobrevive al más débil es incluso más justa en comparación, por lo menos misericordiosa.
Adaptarse no es una cuestión de fortaleza, sino de coraje. Y el coraje flaquea con el tiempo. Adaptarse es sencillo cuando naces en una cuna de oro con todos tus caprichos al alcance, pero adaptarse en mis circunstancias era un imposible hasta que encontré a Leonardo.
Leonardo es una cuestión de suerte. Un golpe de suerte de más de uno ochenta de altura, ojos azules y serios. Es un buen hombre, el primero que no insinúa nada sexual, ni lanza piropos desagradables; el primero que insiste en que me lleve comida a la boca en lugar de una parte de su cuerpo. Es como esos héroes increíbles e inverosímiles de las películas.
Incluso Dolores lo mencionó la tarde anterior. Ella me gusta. Me recuerda a la abuelita encantadora de las caricaturas, con su cabello canoso y su cara llena de arrugas y sonrisas, incluso sonreía mientras limpiaba y me platicaba de sus tiempos de juventud.
Me contó que lo conocía desde niño, supe que antes trabajó para sus padres. Dato importante: Leonardo vivía aquí desde hace cuatro años. Y cuando le pregunté a Dolores por los padres de él, dueños del apartamento, se rio.
—Qué ocurrencias, niña. El apartamento es del joven Leonardo.
Y sin añadir más se levantó del suelo para continuar limpiando otra habitación.
Priscila se sorprendió ante la referencia laboral que entregué ayer, sabía a quién pertenecía la firma de la carta. La referencia laboral estaba llena de cumplidos y cualidades de quien era una persona honesta, responsable y capaz de realizar cualquier tarea. No sé si tengo alguna de esas características, pero al leerla me prometí que me convertiría en esa persona.
A pesar de reconocer la firma, pasada la sorpresa, dejó entrever el poco agrado que la carta de recomendación le provocaba. Y supe que Leonardo ganó la ronda. Pero Clare ganaba cada mañana en esa batalla en la que me vi envuelta entre ambos hermanos, era como si se disputara cuánto tiempo podría mantener el empleo. Entraba cada mañana a las siete, después de un veloz desayuno podía correr las tres largas manzanas hasta ahí sin necesidad de pagar transporte. Mis tareas al llegar son: limpiar las ventanas, quitar los chicles, barrer, trapear, y limpiar los baños.
Era digna de un documental de limpieza, andaba de un lado a otro intentando hacer más de una tarea a la vez para apresurarme a que no dieran las ocho de la mañana, cuando llegaban mis compañeros se mostraban sorprendidos de verme haciendo todo eso, porque ellos se limitaban a ponerse el mandil, preparar la cafetera y los bocadillos. Estaba a prueba. Lo que Clare no entendía es que podía pedirme usar patines y dar malabares para entretener a los clientes y no sería nada en comparación a mi anterior empleo.
En tres días aprendí a reconocer los rostros y nombres de mis compañeros. Priscila era la segunda a cargo cuando Clare estaba fuera; Susana era la barista; Marlen era mesera y estaba aprendiendo a decorar pasteles en su hora de comida. Tim era un chico de cocina, la mayor parte del tiempo sólo lavaba platos. Tomás era el encargado de cocina, un hombre mayor que no parecía muy simpático, y luego estaba Garret, era mesero y me llevaba un par de años, incluso me pidió mi número de celular el día anterior. No se creyó cuando le dije que no tenía, aunque eso no lo desanimó a ser amable.
Mi felicidad sólo se ve opacada por el hecho de sentirme como una colada cucaracha en un lugar como este. Una cucaracha que viste bien. El lunes, después de mi primer día de trabajo, encontré en la cama, «¿debería decir ya mi cama?», dos bolsas con ropa para mí.
Pude haberme quejado, pude haberlo devuelto, pero no era tan cínica para eso, lo único que hice fue dejar que las lágrimas de emoción corrieran por mis mejillas al revisar la ropa. Me probé una prenda tras otra. Todo era de mi talla.
Anoche llegó Leonardo con una camisa de botones y de manga larga; demasiado formal para trabajar en una cafetería o administrar una, aunque me guardé cualquier comentario al respecto. Por él descubrí que Clare eligió mi ropa. Siete blusas, cuatro pantalones, tres faldas y dos vestidos casuales de manga larga, un suéter y una gabardina negra, no tan bonita como la de Carmen nuestra vecina clasista, pero casi.
—Gracias, por todo —no me cansaría nunca de agradecerle lo que hacía por mí.
—¿Viste las etiquetas? —no esperaba que fuera un obsequio, incluso si se sentía como tal.
—Lo pagaré —prometí ignorando la opresión en mi interior.
—Lo sé.
¿Lo sabía? ¿O acaso tenía la manera de hacer que yo pagara mis deudas? Tragué el nudo en mi garganta, intentando examinar sus intenciones.
—No hay prisa para eso —añadió para tranquilizarme, quizás porque detectó la alarma en mi rostro. El miedo desapareció de manera casi instantánea, le creí.
—¿Por qué? —necesitaba entender por qué se tomaba tantas molestias conmigo.
—Porque Carmen tiene razón, la gente esperará que actúes y vistas de cierta manera, además ya que eres mi invitada temporal, es lo menos que podía hacer por ti.
Ya hizo más por mí que lo que hicieron las personas que se suponía me querían. Tía fue agradable con nosotros desde el funeral hasta que mostró su verdadero rostro. Eric fue la primera persona a la que recurrí al viajar a la ciudad y también me dio la espalda. Debo tener cuidado, los golpes de suerte se van cuando uno menos se da cuenta.
—¿Puedo salir a caminar? —pregunto sin pensar luego de unos minutos en silencio.
Leonardo deja su tenedor al lado del plato y se eleva una ceja interrogante, trago saliva.
—Son las nueve de la noche, Elisa —me recuerda.
—Lo sé, yo… No estoy acostumbrada a comer tanto y creo que necesito gastar un poco de energía antes de ir a la cama.
Llevo tres noches durmiendo hasta que dan las tres y debo despertarme a las seis para estar lista a tiempo, haber llevado una vida nocturna tiene sus secuelas. Leonardo se queda en silencio, aprieta los labios en una línea. Solo estoy poniendo mi soga al cuello y tirando de ella.
—Fue una tontería.
Siento la piel de mis piernas picar. Leonardo sigue en silencio con el ceño fruncido. Sin añadir palabra se levanta, da media vuelta y camina hacia su habitación. Tres días, grandísima tonta. Junto los platos, los lavo en silencio y me concentro en cada movimiento de mis manos. Debo pensar con la cabeza fría. ¿Me iré hoy o mañana? ¿Aún tendré el estudio que rentaba o mi arrendador se habrá dado cuenta de que me fui? Don. Necesito pagarle. De un modo u otro. «Aquí y ahora».
—¿Estás lista?
Me giro de un brinco, se cambió por unos pantalones deportivos y una sudadera. Estoy por ofrecer un trueque distinto por su ayuda, pero su voz llega antes de que mis palabras salgan.
—Estamos en el piso 32, bajaremos las escaleras en lugar de dar un paseo.
Repito su frase al menos una decena de veces antes de ir a cambiarme por ropa adecuada para caminar. Voy a disfrutar esta vida elegante y portarme bien para no meterme en problemas, incluso si eso significa perseguir a Dolores durante toda la tarde, o hacer la limpieza de los baños a diario en la cafetería.
He bailado en ropa interior en un burdel, servido bebidas a hombres que solo buscaban manosearme, fui lanzada a la calle por el hombre que decía quererme para no ser un estorbo en su vida, y me sacó de mi hogar la mujer que fingió ser buena conmigo.
Voy a adaptarme a esto, porque si no lo hago no sobreviviré. Él lo dijo antes: la gente espera que yo me comporte y vista de cierta manera, ¿por qué me resistiría a este cambio?
ÉL
Jueves, 02:24
Antes de Elisa no había compartido piso, ni siquiera con Daiana. Ella iba y venía cuando quería hacerlo, algunas noches yo me quedaba a dormir allá y otras se quedaba aquí, pero jamás establecimos nada formal acerca de mudarnos juntos; no lo encontramos necesario, teníamos demasiados objetos para meterlos en el apartamento del otro; sin decirlo, sabíamos que nos mudaríamos hasta que tuviéramos la casa lista para nosotros.
Aunque ahora entiendo que lo que yo asumí como compresión y madurez por parte de Daiana en su momento, fue en realidad una escapatoria para tener un lugar donde serme infiel a mis espaldas. Pero esta noche no es sobre Daiana; sino sobre Elisa.
Me pongo bocabajo y cierro los ojos, pero lo único que consigo atraer no es el sueño sino a Elisa diciendo que necesita caminar para acostumbrarse a esto que llamamos: no pasar hambre. Bajamos caminando quince pisos, en silencio, porque no queríamos llamar la atención.
Al volver de la silenciosa caminata nocturna ella me agradeció frente a la puerta de su habitación:
—Hoy es mi tercer día aquí —dijo de pronto, y hasta ese momento ni siquiera pensaba en el tiempo que llevaba Elisa viviendo conmigo—, debo tenerte cansado con esto, pero quería decir que voy a luchar por esta oportunidad, no pensé que fuera a durar ni tres horas; no sé cuánto más podré vivir aquí, pero el tiempo que me permitas quedarme voy a hacer todo para demostrarte que no te equivocaste en ayudarme.
No supe qué responder, y ella debió ver cuán confuso y afectado estaba por su discurso que lo siguiente que hizo fue desearme una buena noche y cerrar la puerta de la habitación tras de sí.
Y eso es lo que me tiene sin poder dormir. Que mientras yo cuento los días para recuperar mi normalidad, ella aprovecha cada minuto. Puede que no quiera escuchar las historias tristes de Elisa, pero estoy hasta el cuello de responsabilidades con ella y no paro de sentirme cada vez más afectado por esta extraña joven que metí a mi casa sin conocer en absoluto.

Deja un comentario