HABITOS, CAMBIOS, PACIENCIA

«The tea»
Mary Cassatt
ELLA
Lunes, 09:25
A la pareja de adolescentes, dos frapuccinos de galleta.
Al anciano con boina, un café sin azúcar ni leche. A la mesa de las cuatro estudiantes, un mocha, un descafeinado, un latte y un frapuccino de menta. A la pareja que se lanza miradas de odio, un vaso de agua y un café con dos de azúcar y leche. Al chico de la patineta, una rebanada de pastel de moras y una malteada de fresas.
Es sencillo, aquí hay más personas, lo que significa que necesito mayor concentración y andar a las carreras, pero sólo tengo que usar el mandil negro sobre la ropa y pasearme entre las mesas entregando y recibiendo pedidos sin el peligro de ser manoseada. En comparación con el bar de Don, éste es el trabajo más fácil del mundo.
Le paso la lista de órdenes a Susana, la barista, y espero que prepare las bebidas.
—Eres rápida —dice mientras acomoda en la bandeja el pedido de la pareja de adolescentes—. Tienes que entregar por mesa, Clare no quiere accidentes.
Más vueltas, pero mayor seguridad. Tomo la bandeja y me acerco a la mesa de los adolescentes.
Si tuviera que describirla en una frase, diría que Clare es simpática, aunque aterradora. La entrevista laboral tuvo de todo menos preguntas sobre mi experiencia laboral, quiso saber mi nombre, mi edad, la historia de mis padres, cuánto tiempo llevaba en la ciudad, la razón para mudarme aquí, el motivo por el cuál no conseguí empleo antes, la razón de mi enfermiza apariencia, aunque ella atribuía a problemas alimenticios y yo secamente a desnutrición forzada. Clare era más intuitiva que su hermano, quiso los detalles del modo en que nos conocimos. Me limité a responder las mismas mentiras que le di a Leonardo y en el resto de las preguntas tuve que ser tan sincera como me fue posible, pero siempre manteniendo la historia lo más decente posible, es decir: mentí.
No le conté de Adrián, ni de Tía, ni de Eric o Paulina. ¿Hace cuántos no pensaba en ellos?
Paulina y yo éramos amigas desde el jardín de infantes, y siempre hablamos de estudiar en el mismo lugar; después elegimos Derecho, ella quería ser abogada y yo cumplir uno de los sueños de mamá, porque ella no pudo estudiar al embarazarse de mí. Ahí conocí a Eric.
Dejo el pedido del chico de la patineta y me entretengo en recibir nuevas órdenes y entregar la cuenta a las mesas que lo solicitan. Lo mío con Eric inició de manera instantánea, una reacción que compartimos en apenas una conversación. Creí que así debía ser el amor a primera vista y también pensé que eso le daba una cualidad de amor para toda la vida. De vez en cuando salíamos los tres, aunque Paulina estaba enfocada en sus estudios y no en las salidas. Y como a mí no me gustó la carrera, preferí pasar mis horas libres con Eric que estudiando.
Café latte, para el hombre del chaleco verde.
Hasta que acepté que esa carrera no era para mí, me di de baja, me despedí de Paulina; y Eric y yo mantuvimos la relación a distancia. Funcionó, al menos eso creí. Nos veíamos en vacaciones, él iba a visitarme, y durante clases teníamos las videollamadas, pensé que incluso a distancia mantuvimos la química y el amor. Luego trabajé como ayudante en la clínica dental de papá, y como me gustó eso decidí estudiar odontología a mis veinte.
Dos malteadas de menta con fresa y extra-crema batida, para la joven de vestido floreado.
La relación con Eric fue intensa y pensé que íbamos en serio, mientras estuvimos juntos hablamos de casarnos cuando consiguiéramos trabajar en un despacho de abogados, porque a Eric siempre le gustó soñar en grande. Aunque los planes de boda y todas esas conversaciones del futuro se detuvieron en cuanto le dije que abandonaría la carrera.
—¿Aún tenemos emparedado de pavo? —pregunto a Tomás, el chico de cocina asiente y va a traerme uno.
Lo que sea, estaba tan maravillada con Eric y enamorada de él, que en algún momento dejé de preguntarle por Paulina, o siquiera recordar su existencia. Durante las vacaciones ella se quedaba en la universidad, pero Eric viajaba a visitarme. Cuando mis padres murieron, ella estaba en un intercambio escolar en otro país y no pudo acompañarme, pero él viajó a casa, pasó las siguientes semanas a mi lado hasta que se aseguró que todo estaba en orden.
Fue a su lado que descubrí el testamento de mis padres, los problemas con la hipoteca y la cantidad de dinero que heredé por el seguro de vida. La cuestión era simple: hacía uso de la herencia para pagar la casa, o me despedía de la casa y me quedaba con el dinero, porque no podría tener ambas cosas.
Fue en esos días en que conocí a Tía, la tía abuela paterna de Adrián. Pienso que si ella hubiese mostrado su verdadera cara en lugar de su máscara de ternura yo no habría elegido la casa, pero ella era buena, nos hacía galletas y siempre hablaba bien de mis padres con quien llegara a casa a dar el pésame, pensé que la tormenta estaba pasando y que vendría la calma. Creí que podríamos sobrevivir con la pensión de Adrián mientras yo decidía qué hacer. En resumen: que teníamos tiempo.
—Elisa, ¿tienes un minuto? —toca mi hombro Priscila, la gerente, sin preguntar la sigo. Pasamos la cocina y nos dirigimos hacia la puerta que da al pasillo de servicio, entra a una de las puertas laterales, su oficina, al menos su nombre en la puerta así lo indica.
Priscila camina hasta sentarse tras el escritorio y con un gesto de manos me pide que tome lugar en la silla frente a ella.
—¿Todo bien?
—Todo perfecto. Clare estará fuera durante el resto del día. Aquí no pagamos tiempo extra, espero que durante tu horario puedas limpiar las ventanas y los muebles —frunzo el ceño, pero me apresuro a recomponer mi sonrisa.
—De acuerdo.
Pero en lugar de que mi disposición me haga subir puntos con ella, sólo la hace añadir un pero más para mí.
—¿Te dijo Clare que hoy estarás a prueba sin salario? —Niego sintiendo un vuelco en mi estómago, no tengo hambre, tengo un techo costoso sobre mi cabeza y me encuentro en un lugar seguro, pero aun así debo juntar la mesada para Adrián y el dinero a Don.
—Creo que no lo discutimos.
—Tu carpeta de experiencia laboral y referencias está vacía —continua, para que entienda que el anterior punto está zanjado y no hay opción a cambio.
—No cuento con referencias laborales aquí —lo que no es del todo mentira—, y no tengo cómo hacer que me envíen cartas de recomendación. He trabajado de camarera, y también fui asistente en un consultorio dental. Sé todo lo que se necesita sobre administración y…
—Usualmente soy quien contrata al personal. Yo decidiré si te quedas o te vas, ¿entendido? —asiento y ella tamborilea con sus uñas largas amarillas contra el escritorio—. Necesito al menos una referencia laboral para mañana.
—¿Y si no puedo conseguirlo? —pregunto con el corazón latiendo con fuerza, sonríe.
—Entonces esperaría tu carta de renuncia. Por ahora puedes continuar con tu trabajo.
Esta vez no asiento ni me muestro cooperativa, ¿cómo conseguiré eso? Y mi reacción la complace porque me permite retirarme. Salgo de la oficina con las manos temblorosas y el pulso martillando contra mi pecho.
Mi nueva vida apenas está iniciando, yeah por mí.
ÉL
Mismo día, 21:10
Clare me envió un mensaje a las ocho de la mañana para confirmarme que Elisa trabajaría de camarera, de siete a dos de la tarde. Más tarde, Clare me avisó que hizo las compras para Elisa y que la ropa nueva estaba en mi apartamento, lo que era su manera orgullosa de cumplir su promesa. Consiguió nuevos cambios de ropa, pero no hizo el papel de niñera para que eligiera la ropa. A las cinco y media me llamaron de recepción, para decirme que Elisa acababa de entrar al edificio y que iba subiendo en el elevador. A las ocho y media Dolores me llamó para decirme que Elisa nunca llegó y que debía retirarse. Llamé a la recepción mientras conducía hacia al edificio, el portero aseguró que no se despegó de su sitio y que ella no bajó.
«¿Se fue?». Entro al elevador sintiendo una oleada de enojo. Le di una oportunidad y ella decidió lanzar mis buenas intenciones a la basura. Exhalo. Clare jamás me dejará olvidar esto.
Es imposible que Elisa estuviera en el apartamento si Dolores no le abrió la puerta. Me detengo en el pasillo vacío y miro hacia los lados, solo es una corazonada. Camino hacia la puerta de emergencia, necesito verificar que ella no esté aquí.
Abro la puerta, creyendo que encontraré a Elisa fumando o con una inyección en el brazo, siento el grito preparado en mi garganta para echarla del edificio, pero lo que me encuentro ahí me silencia.
Elisa está sentada en el segundo escalón, con sus brazos y piernas a su alrededor como un nudo de huesos. Está dormida. Me agacho frente a ella, no huele a marihuana, alcohol ni alguna otra droga, llevo mis dedos a su cuello. Venga, tengo que asegurarme.
Respira, aunque puedo notar que está helada. El área de escaleras carece de iluminación natural y sólo tiene unas ventanillas en cada piso para hacer entrar el aire de afuera, por lo que es una zona fría en invierno.
Lleva el mismo suéter delgado y sus brazos la cubren como un protector contra el frío, en vano porque su piel está fría.
—Elisa.
Abre sus ojos de par en par y mira de un lado a otro hasta enfocar su vista en mí, parpadea.
—¿Qué hora es?
—Pasan de las nueve.
—¿Me quedé dormida?
Se pone de pie de golpe, me levanto y abro la puerta para que volvamos al pasillo. No tengo nada qué decir, no aquí. Carmen está frente a la puerta de su apartamento. Lo último que necesitaba. Nos lanza una larga mirada reprobatoria.
—Buenas noches —usa su voz falsa y yo pongo la mejor sonrisa de cortesía que puede salirme. Elisa en cambio casi tropieza con sus pies para detenerse a saludar, lo que hace que irremediablemente tenga que poner mi mano debajo de su antebrazo para sostenerla.
En cuanto se endereza me alejo de ella y vuelvo mi atención a la mujer.
—Carmen.
—¿Siguen perdidas sus maletas?
No hay manera de engañar a Carmen, solo es necesario prestarle unos segundos de atención a Elisa para saber que no pertenece aquí. Pero no le debo explicaciones ni a ella ni a nadie
—Buenas noches, Carmen.
Y seguimos avanzando hasta llegar a mi apartamento.
—¿Qué hacías ahí? —pregunto una vez que estamos dentro, no tenía intenciones de crear un alboroto allá, pero no planeo quedarme con la curiosidad.
—Esperar.
—¿Esperar?
—Tenía el pie en la puerta para poder ver cuando llegarás, pero supongo que sólo me dormí.
¿Cómo es que mis indicaciones fueron tergiversadas de esta manera?
—¿Por qué?
—Apenas pude dormir anoche y…
—No. ¿Por qué estabas esperando ahí? —la interrumpo.
—No quise ser una molestia para Dolores. Decidí esperar, no quería que tus vecinos me vieran, por eso me quedé en las escaleras. Nadie va ahí hasta que ocurre una emergencia, ¿no?
Por lo menos fue lo suficientemente consciente de las habladurías de mis vecinos. La imagen de Elisa esperando sentada en el pasillo, es inaceptable. No que la imagen de Elisa esperando en las escaleras no lo sea. Pero al menos nadie la vio.
—¿Ya cenaste?
Niega. Me resulta imposible mantenerme disgustado, lo intento, sobre todo porque si consiguiera alcanzar un nivel suficiente de molestia tendría las agallas de salir de este aprieto y sacarla de mi apartamento, pero es imposible, aunque quizá todo se debe a su apariencia, ella me sigue pareciendo una pequeña joven indefensa y agotada. ¿Será por qué es demasiado delgada? Tiene unas ojeras debajo de los ojos que la hacen ver decaída, y sus brazos son extremadamente delgados, ahora que lo pienso incluso sus mejillas han sido succionadas.
—Dolores dejó la cena lista.
Camino hacia la cocina y ella me sigue a unos pasos de distancia. Levanto las tapas ovaladas de acero que tienen encima los platos para revelar la cena de hoy: pescado y verduras al vapor.
Busco los vasos, el agua y cubiertos, ella se sienta en uno de los taburetes y yo tomo asiento del otro lado de la isla para mantener la distancia. Apenas tomo mi tenedor cuando ella habla:
—Creo que voy a perder el empleo.
Levanto la vista a ella, no puedo decir que sorprendido, aunque en realidad no esperaba que ser camarera le durara sólo unas horas. Supuse que Clare sería dura con ella, pero tuve esperanza de que resistiría por lo menos una semana o un par de días.
—¿Crees?
—La gerente me pidió referencias laborales para mañana, yo no tengo eso.
—Eso no es un problema.
Baja la vista al plato de comida y de nuevo mira hacia mí.
—No tengo referencias laborales aquí.
—Seré tu referencia laboral.
—¿Tú?
Si Clare quiere jugar sus cartas no significa que yo no pueda utilizar las mías. Además, no imagino a Clare hablándole de un asunto tan delicado y personal a su gerente como que Elisa es mi inquilina. La gerente aceptará mi referencia laboral y no hará preguntas. Sonrío para mí.
—Seguro.
—Sólo no mientas mucho por mí, lo suficiente para mantener el empleo.
Y dando por terminada la conversación continúa comiendo, lleva de manera veloz la comida a su boca, seguro que pasó hambre esperando en las escaleras. ¿Y qué voy a escribir de ella? Porque es obvio que esa referencia debe salir de mi puño y letra.
Cenamos en silencio, sé que debería hacer preguntas, el tipo de preguntas que sé que Clare sí hizo esta mañana, pero honestamente no tengo el ánimo que se requiere para asegurarme de que mi compañera de piso no sea una psicópata, tampoco es que me importe del todo. Si intentara robar algo, alguno de los porteros me avisaría en seguida e incluso si consiguiera encontrar donde guardo el efectivo en el apartamento, bastaría enviar las cámaras de seguridad para probar su culpabilidad. Y como si necesitara lanzar una advertencia le cuento que acabo de descubrir que mi hermana hacía “fiestas” en mi apartamento cuando salía de viaje gracias a las cámaras que hay en el apartamento.
Y Elisa comprende a donde quiero llegar porque mueve sus manos nerviosa mientras sus ojos van a las orillas del techo.
—No necesitas esperar por mí en las escaleras. Para cualquier incidente que ocurra aquí, siempre puedo solicitar la grabación.
—No tienes qué preocuparte por eso. No planeo meterme en problemas.
—Es importante aclararlo.
Elisa vuelve a comer manteniendo sus ojos el resto de la cena en el granito de la barra.
Y no puedo evitar que Daiana se cuele en mis pensamientos, me pregunto qué de todo esto desaprobaría si tan solo se enterara.
A la mierda.
Seguro que desaprobaría todo, pero ya no tiene porqué importarme su opinión. Ahora mi única meta es hacer que Elisa mantenga el empleo, junte dinero y salga de mi casa a un mejor futuro. Espero que sea pronto, aunque sé que eso podría tomarme, mínimo, un par de meses.

Deja un comentario