PRIMERA PARTE

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Hace milenios el desierto estaba cubierto por agua, por eso se le denominó a esta zona el Sector del Mar Seco, una amplía sección que inicia en las dunas y se extiende hasta el mar.

Aquí la vida parece imposible sin flora alrededor, que lo parezca no lo vuelve cierto. La serpiente de cascabel se desliza en un enigmático zigzag dejando su huella por donde estuvo; los ratones se esconden del sol; los insectos salen de cacería; las aves carroñeras vuelan alto en busca de comida; el viento caliente mueve la arena creando una neblina de polvo, un oleaje de tierra que a su vez crea imperceptibles cambios en las brillantes dunas.

La belleza del solitario desierto es lo ruidoso que puede ser: el cascabel tintinea una melodía que todos ahí conocen; el zumbido de los insectos voladores rompe el aire; los graznidos de las aves en el cielo lila del atardecer avisan que el día está por terminar para que los animales diurnos vuelvan a sus nidos y los nocturnos se preparen para salir; el viento choca con las olas de la arena y la marea se estrella en la orilla.

El mar se refleja en los cristales que quedan de la construcción que alguna vez tuvo la apariencia de un espejo. Desde las nubes se aprecia el perímetro de la megaestructura como un cubo. Un kilómetro de cada lado con doscientos metros de grosor y cuarenta metros de altura. En el interior del cuadrado hay vegetación: un bosque, un prado y un espacio de matorrales donde antes era para la agricultura. Tres tipos de flora se entrelazan con ingeniería artificial. Las aves sobrevuelan esa zona que se ha convertido para muchas en un refugio y descanso del sol.

El gañido de un halcón, que vuela a la altura del techo, ahuyenta a los animales que viven en la azotea. Se sabe depredador al extender sus alas sin importarle llamar la atención, el eco de su graznido retumba contra las paredes. El halcón planea y se queda suspendido con ayuda del viento unos segundos antes de caer en picada, aletea otra vez y recupera el vuelo, sus alas se mueven ágiles para ingresar en el edificio a través de una ventana sin cristal.

Adentro el prado y los matorrales han ido dominando lentamente. El halcón ingresa en la zona Este, donde los matorrales se han esparcido despacio, ahí la arena del desierto ha ganado terreno por las tormentas de los años anteriores, así que lo que alguna vez fue un piso reluciente ahora parece un suelo de arena.

Vuela hasta llegar a lo que fue el salón principal, una sala amplia que abarca de los cristales de la pared del lado de las dunas hasta el otro lado del patio central. La altura de esta sala alcanza el techo en el treceavo piso. El ave se detiene justo en el medio de la sala principal, sobre las ruinas de lo que fue la fuente de un dios que sostenía al mundo entre sus manos. Fue elegido como un símbolo de la humanidad y también de su ferviente idea de que eran ellos quienes salvarían al mundo. Ahora solo queda la pierna derecha donde el halcón se sacude las plumas ignorando la historia que hay detrás. Esto es Sperantium, al menos alguna vez lo fue.