La tercera navidad

Apenas había estirado mi brazo para tocar la puerta principal, cuando se abrió. Clare me recibió mostrando sus dientes blancos y chuecos, llevaba el cabello en una coleta con un moño enorme rojo de lentejuelas del mismo tono que su vestido. 

—Pareces un pequeño duende, torbellino —bromeé. Me torció el gesto antes de sacarme la lengua. 

El apodo llevaba unos cuantos meses, había escuchado a su madre decirle así en alguna comida y desde entonces se quedó. Además, no era una mentira que ella era un torbellino cuando era niña, parecía como si la hubiesen drogado con azúcar y chocolate con toda esa energía que llevaba encima. 

—No me llames duende. Soy la princesa de la navidad. 

Giro sobre sus brillantes zapatos rojos de charol para mostrarme como la falda del vestido se levantaba con sus vueltas.

—Si tú lo dices.

—¿Es para mí? —preguntó señalando la caja que traía bajo el brazo.

—Es para Héctor y Elena, se los envía mi mamá.

Como si hubiese dicho que eran para ella, me quitó el regalo de las manos y salió corriendo hacia la sala de estar. Cerré la puerta y la seguí, encontrándome a Leonardo frente a la chimenea. 

—¿Qué haces, Clare? —la interrogó su hermano viendo a Clare abrir el obsequio para sus padres.

—Quiero saber qué es. 

—¿Es para ella?

Negué con la cabeza. 

—¿No vas a darle tu regalo a Lucas? —le recordó Clare. ¿Un regalo para mí?

Leonardo suspiró y se acercó al árbol para tomar una pequeña caja roja. 

—Es para ti —me lo entregó de manera tosca.

—¿Debía traerte algo?  

—Si me consigues una cita con María estaremos a mano. 

Le saqué el dedo medio y lo miré con seriedad. María, mi hermana mayor por un año, jamás saldría con Leonardo, y no porque María no pudiera fijarse en alguien un año menor, sino porque yo no tenía ninguna intención de permitir que mi mejor amigo se acercara a ella. Debió verlo en mi expresión porque levantó las manos en un gesto de paz.

—Estoy bromeando, Lucas. No me gusta tu hermana. 

Abrí el regalo. Leonardo dio un paso a mí y estiró el cuello, pensé que quizá quería asegurarse de haberlo dejado dentro de la caja. Tomé el collar con dos dedos hasta que quedó colgando frente a mí, era un dije plateado con la mitad de un corazón. La sonrisa burlona surgió sin esfuerzo. 

—Vaya… pues gracias, amigo —enfaticé.

—Ya.

—¿Y tú tienes la mitad del corazón? Leo, si esta es tu manera de salir del closet debo recordarte que ya tengo novia. 

—¿La otra mitad? Ah, sí. En mi habitación. 

—¿Quieres que nos tomemos de la mano o algo así? —continué burlándome.

Leonardo se rascó la cabeza incómodo.

—¿No te gusta? —preguntó Clare.

Iba a sincerarme y decir que no, pero noté a tiempo los ojos de Leonardo que se abrieron exageradamente. Miré hacia su espalda donde Clare seguía atenta a nosotros, tenía la cara tan roja como el vestido que llevaba puesto. Volví a mirar el regalo: un collar con un colgante de corazón partido a la mitad. 

—Oh… es muy bonito —me esforcé en sonar animado. Leonardo se encogió de hombros al tiempo que puso los ojos en blanco.

—¿Qué es esto? —preguntó Clare terminando de abrir el obsequio de su madre, veía con una mueca de disgusto el recetario. 

—Es para tu mamá, mi papá lo trajo de su último viaje. 

—No debiste abrirlo, Clare —le llamó la atención Leonardo, pero la niña se levantó sin arrepentimientos. 

—Pues ya lo abrí. ¿Podemos empezar a decorar las galletas?

Guardé el collar en el bolsillo del pantalón sin tener intención alguna de usarlo. 

Es curioso, porque años después habría hecho lo que fuera por tener espacio en cualquier rincón de ese corazón que pasó de ser dulce e inocente a frío y mezquino. 

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