La maldición del edificio de la muerte

Las sentía en todo el cuerpo. Ya no importaba si estaba dormida o despierta, la sensación de sus minúsculas patas recorriendo su piel seguía ahí. Todo inició unos días atrás cuando se quedó dormida en el sillón de su novio. La despertó el diminuto caminar en su mano, cuando abrió los ojos notó, al tiempo que pegaba un grito, un salto y lágrimas, que tenía en su mano una cucaracha. 

Horripilante y asquerosa. 

El insecto cayó al sillón y unos segundos después tenía a su pareja corriendo hacia ella pensando que se encontraría con cualquier cosa, menos con ella echa un ovillo en un rincón mientras apuntaba hacia el animal que la había despertado.

—Es solo una cucaracha —le dijo él.

—Mátala. Mátala. 

—Pero, Claudia, no puedo matarla. 

—Que la mates.

—No voy a matarla, iré por la escoba y voy a sacarla. 

—Que la mates —exigió poniendose de pie, con la cara roja por el llanto, el asco y el susto. 

—Que no.

—Si no la matas, va a volver.

Pero supo que no la mataría, él era un protector de la vida, y eso incluía para su pesar a los insectos. Debió suponerlo desde que se enteró que estaba en contra del aborto, pero ella que siempre había sido tolerante con las ideas opuestas a la suya, no le vio problema entonces. Aunque ahí, con ella señalando a la cucaracha como si fuese un demonio que debía ser exorcizado y a su novio defendiendo al insecto como si se tratara de un perrito indefenso, supo que ser un provida era un verdadero defecto. 

—No la mates —le dijo muy serio antes de darse la vuelta para buscar la escoba y el recogedor. 

Quizá lo que la motivó fue esa orden insensible, quizá que él no hizo intento de consolarla o preguntar qué le hizo la cucaracha para merecer la muerte, quizá que ella no sabía de las consecuencias que una insignificante muerte podría traerle, quizá que todavía temblaba y sentía las patas en su mano derecha donde antes estuvo el insecto. Quizá fue una acumulación de todo lo anterior, porque se encontró a sí misma dando tres pasos, levantando la pierna antes de dejar caer el pie encima de la cucaracha, escuchó el cluash al ser aplastada y sonrió para sí, como si hubiese vencido una criatura maligna y gigante. 

Antes de que volviera su novio pateó el cadaver del insecto debajo del sillón y cuando él regresó con escoba en mano, ella estaba tranquila sentada de nuevo con la televisión encendida.

—¿Y la cucaracha?

—Se fue. Tardaste demasiado.

Él suspiró con alivio y se sentó a su lado.

—Gracias por no matarla. Te voy a contar algo, pero no quiero que pienses que estoy loco.

—Bueno, cuentame.

Y entonces él le contó una historia de terror que catalogó como ridícula y absurda. 

—¿Y le creíste a tu arrendador cuando te dijo eso?

—Es en serio, Claudia. 

—Ya, cómo no.

—La anterior persona que vivía aquí mató a una abeja y juraba que escuchaba colmenas de abejas dentro de sus oídos.

—Ya, cómo no.

—Y antes de ese, unos niños vivieron aquí, tiraron del tercer piso a un gato y ellos despertaban con arañazos desde entonces. Pensaron que se los hacían mientras dormían, pero empezaron a dormirlos con guantes y los brazos atados, y aun así los rasguños aparecían por todos sus cuerpos.

Esta vez Claudia levantó una ceja con mitad incredulidad, y mitad duda. 

—La vecina de al lado me contó que su esposo murió por que le picaban hormigas invisibles, cuando le hicieron la autopsia confirmaron que tenía veneno como si hubiera estado en un hormiguero de hormigas africanas.

—¿No pueden matar ni siquiera hormigas?, ¿estás bromeando?

—Claudia, es en serio. 

—Es rídiculo.

—Bueno, ¿te acuerdas del que vivía en el primer piso?

Ella esta vez enmudeció.

—¿El que se sacó los ojos?

—Es que no creo que se los haya sacado él mismo. Porque una noche antes le contó al arrendador que estaba preocupado porque atropelló a un cuervo. 

—¿Estás diciendo que un cuervo invisible lo mató? 

—No lo sé. ¿No te parece raro?

Claudia se rascó la mano derecha sintiendo una incomoda comezón de nervios. 

—No creo que sea verdad —pero su voz denotaba nerviosismo.  

—¿Y qué me dices del portero? ¿No has visto que siempre parece asustado porque cree que lo van a morder los perros? 

—¿Mató un perro?

—No lo sé. Nunca lo ha confesado al menos. Pero siempre habla de los perros.

—Bueno… todos esos son animales peligrosos, pero una cucaracha no podría hacerme nada. 

—No va a hacerte nada, porque no le hiciste nada tú. 

Esta vez le resultó casi imposible forzar una sonrisa y asentir. 

Una vez su novio volvió a su estudio para seguir trabajando, ella movió el sillón y vio, con tranquilidad, que la cucaracha no estaba más ahí.

Quizá no la maté y se fue, se dijo convenciendose  a sí misma. Volvió a rascarse la mano con nervios y sintiéndose incomoda le dijo a Joel que dormiría esa noche en su propio piso, que se verían después. 

—Y ya no escuches a tus vecinos y sus historias tontas, por favor. 

Esa noche, Claudia soñó que estaba en un ataúd cerrado y con ella cientos de cucarachas.

Despertó sacudiendose todo el cuerpo y quitándose las cobijas como si no soportara la textura de nada contra su piel. Se quitó la ropa y se metió a la ducha, abrió el agua caliente y se metió en ella sin pensárselo dos veces, el vapor estaba en cada espacio del baño y el agua le quemaba, pero se negó a salir hasta quitarse la sensación. 

Cuando al fin salió de la ducha notó lo roja que se había dejado la piel. Se miró en el espejo por primera vez y al tocarse el hombro enrojecido se dio cuenta lo sensible que le había quedado al tacto por culpa de las altas temperaturas.

Se dirigió a la cocina, tomó un vaso, dos, tres vasos de agua, pero la comezón en su garganta no se fue. Quiso regresar a dormir, pero la imagen vivida del sueño, la hizo encaminarse al comedor donde se sentó frente a su portátil para avanzar con las evaluaciones de sus alumnos. 

—Pero mujer, ¿qué te hiciste en la piel?

Claudia no paraba de rascarse los brazos y las manos impulsivamente. 

—Me bañé medio dormida y no medí lo caliente que estaba el agua. 

—¿No te duele?

Se veía doloroso al menos, pero no, no le dolía, aunque no paraba de sentir como si algo estuviera picando en la piel, como pequeñas puntadas que la recorrían de un lado a otro.

—Solo me incomoda. 

—Deberías ir al dermatólogo. 

No fue, aparte de ser escéptica, era dada a ignorar cuestiones de salud a excepción que fuesen de emergencia, además no se imaginaba contándole a su médico lo tonta que había sido por quemarse de esa manera. 

La siguiente noche, volvió a soñar con cucarachas, soñó que se levantaba para beber agua a media noche y mientras pasaba el agua en su boca notaba una sensación en la lengua, algo duro, viscoso, con patas. Abrió la boca, metió la mano y la sintió, tenía una cucaracha dentro. 

Esta vez despertar le tomó más tiempo. El sueño se alargó porque cada vez que sacaba una cucaracha había otra y otra y otra más, hizo arcadas, sintió como si se asfixiara, como si las cucarachas bajaran a su estomago y la recorrieran por dentro. Cuando despertó se dio cuenta que se había quedado dormida en la barra de la cocina. 

Recordó vagamente que se había despertado por un vaso de agua por culpa de una pesadilla, pero no sabía en que momento el sueño la venció, no era para menos considerando que la noche anterior había estado despierta. Revisó el vaso de agua que tenía frente a sí y lo bebió. 

Para la tercera noche no pudo más, no quería estar sola. Así que fue al edificio de su novio. Le sorprendió que el anciano portero no la recibiera como cada día que estaba ahí, no le abrió la puerta y en la recepción se encontró con un moño negro de plástico. 

—¿Murió? —le preguntó a Joel apenas la dejó pasar.

—Al parecer anoche había una jauría de perros y salió a espantarlos. No sé que estaba pensando si eran tantos. 

—¿Eran perros reales?

—Sí. Cielos. Si cierro los ojos todavía puedo ver su cuerpo.

—¿Viste a los perros? —insistió.

—Pues no, pero… ¿qué te pasó en la cara?

—Nada. Alergia.

—¿Alergia a qué?

—No lo sé. Siento tanta comezón que quisiera arrancarme la piel. ¿Estás seguro que eran reales? ¿No es por culpa de esa cosa que me contaste? Dijiste que él hablaba de perros.

Joel se quedó en silencio y se encogió de hombros sin animarse a decir en voz alta lo que pensaba de verdad.

—¿No vives con miedo de matar un insecto un día de estos?

—Es que yo estoy seguro que habré pisado alguna hormiga, ¿sabes? El detalle es que no sea apropósito. Jamás desearía matar a un animal, así que eso no me preocupa.

—¿Y qué hay del hombre que se sacó los ojos?

—Era un chiflado. Seguramente lo hizo a propósito. 

Claudia tragó saliva con esfuerzo.

—No pienses en eso. Pero por si acaso, no se te ocurra matar hormigas a propósito, ¿sí?

Una risa nerviosa y fea le salió de los labios antes de encaminarse a la cocina. 

Las cucarachas no son asesinas, se dijo a sí misma. Los cuervos sí sacan ojos, los perros sí pueden matar personas, los gatos sí rasguñan niños, las hormigas sí pueden matar, lo mismo las abejas. Nadie ha muerto nunca por culpa de una cucaracha. 

Y al pensar en ellas volvió a rascarse la piel, como si diminutas patas invisibles le recorrieran los brazos, la sensación era intolerante.

—¿Puedo usar tu baño?

—Ah… ¿sí? Sí, claro.

Entró quitándose la ropa y encendiendo el agua caliente. Odiaba la sensación que sentía, pero aun estaba convencida que todo podía ser efecto de su mente, se estaba llenando de miedos  e ideas ajenas, era su mente venciendo a su cuerpo. Estuvo bajo el agua por casi veinte minutos antes de que Joel abriera la puerta dejando salir el vapor. 

—Claudia, cielos, estamos a cuarenta grados y tú bañando con agua caliente, sal de ahí. 

—No tolero mi piel, Joel. Está matándome la sensación. 

—¿Cuál sensación?

Se miró en el espejo y descubrió que estaba roja, más roja que la primera vez. 

—Cielos, Claudia. Mira lo que te has hecho.

Sí, se había quemado. Pero no sentía las patas recorriendole el cuerpo. Suspiró con alivio. 

—¿Puedo quedarme desnuda?

—Seguro. 

Se dirigió a la recamara de él, se acostó en la cama, cerró los ojos apenas un segundo y cuando los abrió se encontró con una cucaracha a un lado de su cabeza, quiso moverse, pegar un grito, dar un brinco, no pudo hacerlo, su cuerpo no reaccionó, su voz no reaccionó. La cucaracha avanzó hacia ella, trepó por su hombro, recorrió su clavícula, subió por su garganta, Claudia sentía sus patas, diminutas, picudas, asquerosas, recorrerla y no era capaz de mover un solo dedo. 

¡JOEL! ¡JOEL! Gritó en su cabeza, pero su boca seguía apretada, por suerte, porque en ese momento el insecto pasaba por encima de sus labios. Avanzó un poco más. Sentía las antenas del animal en sus fosas nasales, entrando a su nariz, escarbando y haciéndose espacio. Sus ojos se agrandaron cuando sintió la cucaracha en su garganta, la bilis le subió a la boca pero no pudo escupir, ni tragar, sentía todo dentro de ella, incluido al animal. Sintió luego una segunda cucaracha, una tercera, quiso volver a hablar, a escupir, a gritar, a moverse, quiso hacer todo mientras sentía a todas ellas recorrerle el cuerpo. Se movían sin piedad sobre su piel desnuda, toda ella desnuda y expuesta ante esas horribles criaturas. 

—¿Claudia?, ¿estás bien?

Abrió los ojos, estaba en la cama, la piel roja. Salió corriendo hacia el baño, cerró la puerta y vomitó. Ahí entre el vomito había una cucaracha. No se lo pensó cuando le puso el seguro a la puerta, abrió el agua caliente y se metió ahí.

—Voy a salir por cena, ¿te quedas?

—Sí. Sí. Aquí te espero —dijo ella bajo el chorro del agua. 

Cuando Joel regresó con la cena pudo escuchar el sonido del agua, miró el reloj, había pasado casi una hora y media afuera por culpa del tráfico de la ciudad. Dejó la comida en la mesa del centro de la sala, y con su pierna golpeó el sillón moviéndolo de lugar. Vio el cadaver de una cucaracha aplastada. 

—¡Claudia! —gritó antes de correr hacia el baño. Empujó la puerta, pero no cedió, tardó en encontrar el duplicado de la llave del baño, nervioso, con las manos temblándole se dirigió de nuevo hacia donde venía el sonido del agua, la puerta ya estaba abierta. Claudia no estaba ahí. Respiró aliviado y siguió las huellas de agua que iban de regreso a la habitación.

—No vas a creerme lo que me ha ocurrido estos días —escuchó a Claudia hablarle con esa dulzura peculiar de ella—, llevo tres días muerta de miedo desde que maté esa cucaracha por tu culpa, he tenido pesadillas horribles y comezón en la piel. Pero ya no siento nada. 

Joel entró al cuarto, Claudia tenía la toalla envolviendo el cuerpo y dandole la espalda mientras se cepillaba el cabello. 

—Te dije que no la mataras.

—Tus cuentos me dieron pesadillas, pero ya no será un problema porque ya no siento nada.

Y cuando ella se dio la vuelta para sonreírle, el grito de él salió de su cuerpo apenas vio la falta de piel en el cuerpo de ella. 

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