VI (UMDC)

LA TORRE, LA BRUJA Y EL MAYORDOMO

«El imperio»
Patrice Larue

ELLA
18:30

Leonardo me indica que me adelante con un gesto mientras responde una llamada. Bajo del automóvil teniendo cuidado al cerrar la puerta, me cuelgo la mochila al hombro y me infundo en una desconocida confianza para dar los últimos pasos que me quedan a las puertas del edificio.

¿Qué estoy haciendo aquí? Si esto no funciona solo estaré en problemas con Don, siento expandirse dentro de mí los miedos como una esfera con púas, respiro lento. Justo cuando considero volver, se abren las puertas de cristal y una mujer mayor con cabello grisáceo hasta los hombros, gabardina blanca, maquillaje profesional y tacones rojos sale de ahí. 

—Los de servicio entran por la puerta trasera, niña —dice y mantiene su vista al frente, lejos de mí, sé que me habla solo porque no hay nadie más aquí.

Doy un paso hacia atrás para no estorbarle, pero al no seguir su indicación la mujer de blanco camina de regreso al edificio. Segundos después regresa con un hombre en traje gris oscuro siguiéndola, es el mismo portero que se despidió de mí esta tarde cuando salí con Leonardo. 

—Rafael, haz el favor de despedirla, está prohibido que entren por la entrada principal. 

El hombre me observa, de arriba a abajo, como si tuviera la habilidad de medir a la gente, quizá preguntándose qué hago de regreso aquí. 

Claramente no soy bienvenida.

—Yo no… —apenas voy a dar una respuesta a la extraña situación, pero la mujer levanta una mano para indicarme que guarde silencio.

Ella hace una mueca de disgusto con la nariz, como si algo oliera muy mal frente a ella.

—No está contratada, es evidente que no tiene experiencia. 

—Señora, es que ella… —ahora la mujer levanta la mano frente al rostro de él para silenciarlo. 

—Va a robarnos si te descuidas.

Tuerzo la quijada.

—Ella no trabaja aquí —explica Rafael, la mujer suspira de alivio y vuelve a mí con evidente desagrado. 

—Esta es una zona exclusiva, aquí no damos caridad. Ahora, retírate antes que tenga que llamar a los de seguridad. No voy a permitir que nadie ponga en riesgo la integridad de este lugar porque…

—Carmen —Leonardo interrumpe la perorata de la mujer. 

—Leonardo, ¿puedes creer lo que ocurre aquí? La Torre está perdiendo su…

 —Veo que ya conociste a Elisa —Leonardo la interrumpe, sin hacer una seña grosera con su mano frente al rostro de la mujer, solo elevando un poco más la voz para opacar la de ella—, es mi invitada. —Hace un leve gesto con la mano señalándome a mí y a Carmen como una rápida presentación—. Acaba de volver de Europa y debe estar cansada. Si nos disculpas.

Sin esperar respuesta de la ahora atónita mujer, me introduce con un leve empujón en la espalda hacia el interior del edificio; le pasa las llaves de su vehículo al portero y continuamos andando sin detenernos. En la recepción hay un sofá negro de piel frente a una escultura con forma de árbol de acero, en la otra pared hay una pintura de una serie de edificios de acero con un fondo cromado de fondo y el piso es tan reluciente que puedo verme ahí. Si no le presté atención a esto antes es porque no recuerdo cómo llegué aquí la primera vez y cuando salí mi atención la tenía la puerta de vidrio. Leonardo presiona el botón del elevador y cuando las puertas de éste se abren, Carmen regresa para enfrentarnos.

—¿Qué dirán los vecinos? —me señala de arriba a abajo como si tuviera la lepra.

—Que se jodan los vecinos, Carmen.

Y la puerta se cierra en sus narices. 

Sonrío, apretando los labios. De reojo veo como Leonardo niega. 

—Es amable cuando lleva un par de copas de vino encima —explica, aunque yo lo dudo.

Después, en silencio, subimos hasta llegar al piso 32. Las puertas se abren y sale hacia el pasillo, lo sigo. Este es su piso, con suerte este será mi piso por un tiempo. Mientras no arruine esta oportunidad que el destino pone frente a mí de manera casi ridícula, yo estaré bien.

Una vez dentro de su apartamento el ambiente cambia, la tranquilidad de su coche, los nervios al estar afuera se convierten en polvo al encontrarnos los dos ahí. Solos y de pie frente al recibidor. Hay una mesita alargada con marcos de fotos. Reconozco en algunas a Leonardo, con una mujer sonriente que asumo es su madre, en una de ellas es tan solo un niño, calculo que debe tener seis o siete años, porque hay un hueco entre sus dientes, como mi hermano, Leonardo está en esa foto con una pequeña bebé en brazos. 

—¿Esto es todo tu equipaje?

Él no me mira a mí, es la primera vez desde que bajé de mi apartamento con mis pertenencias en que le presta atención a la mochila vieja dónde entran todas mis prendas y aun así sobra algo de espacio. ¿Qué podría decirle? Incluso mi salida del edificio fue un poco patética, una salida triunfal habría sido bajar con dos maletas negras y unos lentes oscuros.

—¿Lorena? —pregunta.

Claro, Lorena es la perfecta culpable de todas mis desgracias. Menos mal sí conozco una Lorena, mi jefa de camareras, y la mujer me agrada tan poco que es fácil ponerla en el papel de compañera de cuarto, si imagino su rostro casi siento el desagrado. 

—Parece que aprovechó estas horas y se deshizo de la mayoría de mis cosas —digo mordiéndome las mejillas por dentro, esperando que la mentira pase desapercibida.

—Vaya, lo siento.

—No importa, tengo ropa suficiente para una semana.

Mientras tenga acceso a una lavadora, estaré bien. 

—¿Te muestro el lugar? 

—¿De verdad quieres que viva aquí? —pregunto, quiero darle una puerta de salida.

No quiero llenarme de ilusiones y que el día de mañana me eche a patadas. Aunque sólo recordar la suavidad de la cama me haría dar brincos de emoción. Además, si él se arrepiente, ¿a dónde iré yo? Ahora no sólo no quiero volver al bar de Don, sino que será imposible regresar a mi edificio sabiendo lo encabronado que debe estar Joel.

¿De verdad viviré con un desconocido?

Pienso en la vida que me espera: en el pequeño estudio con paredes grafiteadas, el vidrio de la ventana estrellado, las cortinas rayadas, el refrigerador que se apagaba cada tanto, pienso en Don, en los clientes, en volver caminando a casa cada madrugada, en el accidente de la noche anterior. No quiero esa vida. Puede que Leonardo sea un desconocido, pero todas las opciones de quién podría ser no me producen tanto miedo como la vida que he llevado. 

—Por lo menos en lo que consigues un trabajo y dinero para independizarte. 

Suelto el aire que retuve en mi cuerpo sin darme cuenta.

—Gracias —no existe una mejor palabra para decirle cómo me siento—. Prometo que no seré una carga para ti. Y soy buena en la limpieza, puedo ayudar en eso.

—No le quitemos el empleo a Dolores, eso la pondría furiosa. ¿Por qué no das una vuelta al lugar mientras hago una llamada?

 —¿Estás seguro?

Se pasa la mano por el rostro, pero asiente.

—Mi habitación es la que está frente a la de invitados, no entres ahí. 

Es una regla simple de cumplir, y estoy deseosa por mantenerme fuera de mi anterior vida, cada restricción será sólo como una instrucción más para conseguir la libertad.

ÉL

Carajo. ¿Cómo demonios voy a explicarle al resto de personas con las que convivo a diario la reciente aparición de Elisa en mi vida? 

Venga, la historia suena del todo altruista, pero estoy seguro de que escucharé más protestas que aplausos, y no tengo intención de fingir que la opinión de otras personas importa. Aunque lo hace, sobre todo, la opinión de mi familia. 

Mamá estará furiosa. Ya puedo escucharla lanzar su grito al cielo con mi nombre completo. Aunque yo podría decirle que por algo pasan las cosas. Eso la haría enfurecer, aunque sería divertido. Nunca sé qué esperar exactamente de Clare. Y Héctor seguramente me palmeará el hombro y dirá que soy un buen hombre. Y mi padre, bueno, él ni siquiera se dará por enterado hasta en otros seis meses.

Mamá superará la noticia y quizás, quizás, con suerte, insistirá en que Elisa viva con ellos en lo que consigue independizarse y así yo podré seguir con mi vida. Sonrío. Si de alguien heredé la bondad fue de mi madre, estoy convencido que mi responsabilidad con Elisa terminará más pronto que tarde, a mamá le gusta eso de ayudar a la gente que lo necesita.

Me siento en la silla tras el escritorio. Carmen tiene a mi pesar un punto, estamos en una zona exclusiva y en La Torre la mayoría de mis vecinos comparten esa opinión clasista. Por muy dulce que Elisa parezca, recibirá constantes ataques por su apariencia si no hago algo al respecto.

Me juré que no volvería a desperdiciar mi dinero en otra mujer luego de Daiana, pero Elisa sí necesita la ropa, y yo necesito ahorrarme problemas a corto plazo.

Aunque nunca le di importancia a lo de Daiana, a mí me parecía divertido verla pasearse de una tienda a otra y llegar feliz con sus diez bolsas de compras.

Respiro hondo. Necesito sacarme a Daiana de la cabeza. Aunque traer a una joven a vivir a mi casa, parece una técnica exagerada. Tomo mi teléfono y busco el contacto de mi hermana, Clare es la más joven de la familia, espero que también tenga la mente más abierta sobre el tema. 

—¿Allô? ¿Llamándome un domingo en horario no laboral, hermanito? 

—Ja. Ja. —Rio sin gracia, lo que la hace reír al otro lado de la línea.

—¿A qué debo el gusto? ¿Necesitas ayuda? ¿Un cadáver que enterrar? 

Odio un poco que tenga la razón. 

—Necesito un pequeño favor. 

—Lo sabía.

Pequeña sabelotodo. 

—¿Necesitas personal en la cafetería? 

Silencio.

—Leo, sabes lo exigente que soy con los trabajadores y el buen servicio al público. Jamás dejaría un puesto sin cubrir. 

Suspiro, sé que será difícil convencerla, pero no puedo meter a Elisa en mi negocio, eso sería demasiado incluso para mí. 

—Déjame decirlo de otra manera, ¿podrías contratar a alguien más? 

—No te nombraré gerente —bromea Clare.

—No, boba, es para otra persona —evado su respuesta lo mejor que puedo. 

—¿Qué tipo de puesto? 

—El que quieras.

—¿Quién es? ¿Tiene experiencia? 

— No tengo idea, pero cualquier cosa estará bien… Lavaplatos, camarera…

—¿Es para una mujer? —su tono de voz deja de ser bromista y se vuelve repentinamente malhumorado—. Tengo todo cubierto, Leo. ¿Por qué ese repentino interés en encontrarle trabajo? 

—Te lo diré, pero no puedes decirle nada a mamá. 

Escucho su risa de fondo.  

—¿Qué podrías hacer tú que pudiera molestarla? 

Paso los siguientes minutos explicándole a detalle lo ocurrido desde que rescaté a Elisa hasta el momento en que tomé la decisión de tomar las cartas en mi mano y ponerla a salvo, tan a salvo como fui capaz, incluso si eso significaba sacarla de su edificio y traerla al mío.  

La línea se queda en silencio, mis dedos tamborilean sobre el escritorio con ansiedad.

—¿Cómo que vivirá contigo? ¿Te has vuelto loco?  —lanza la calma por la borda.

La menor de la familia, la que tenía mayores posibilidades de tener una mente abierta al respecto y la primera en recordarme que mi decisión es una locura de mi parte.

—Sí y no, sólo intento ayudarla.

—Eso es muy considerado y estúpido de tu parte, Leonardo —me regaña con el tono de voz que utilizaría mamá, cada día se parece más a ella. Aunque a Clare no le guste admitirlo.

—Clare.

—No. Ni siquiera sabes quién es.

—Lo que sé es que esa chica se comió todo el desayuno como si no hubiera un mañana. Que vive en un lugar de mierda y que perdió a sus padres y no tiene nada. Necesita ayuda y yo puedo brindársela.

—¿Y qué edad tiene?, ¿planeas adoptarla?

—No. No. No.

¿Qué edad tiene? Ni siquiera hice las preguntas importantes antes de traerla a mi apartamento. 

—Estará aquí hasta que consiga un salario que le dé para sobrevivir en una zona céntrica y segura.

—Si necesita trabajo, cédele tu puesto —dice sarcástica.

—Clare —intento con el tono de voz amable.  

—Es una tontería. Yo que tú instalaría cámaras de seguridad en tu piso.

—Ya tengo cámaras —le recuerdo.

—¿En serio? —suena sorprendida ante mi respuesta, creí que ella sabía sobre eso.

—Así es.

—No me jodas.

Me toma un segundo entender el motivo de su respuesta.

—¿No tienes tu propio apartamento? —pregunto asqueado.

—Maldición, Leo, ¡y yo cómo iba a saber! ¡Debiste habérmelo dicho! ¿Dónde están las cámaras?

—Tranquila, no puse en las habitaciones. Pero ¿por qué utilizas mi piso como hotel, Clare?

—Porque no quiero que los desconocidos con los que me acuesto sepan donde vivo. Así si son de esa clase de personas que no entienden un no, al abrirles tú la puerta les va a quedar más que claro.

¿No sería más sencillo no elegir a desconocidos?

—Clare. Quiero mis llaves de regreso. 

—Oh, ¿las quieres para tu nueva compañera de piso?

—No la llames así. 

—Lo es. Pero ¡si ni siquiera en la universidad tuviste un compañero de cuarto! —se burla.

—Olvídalo, ¿vale? Eres imposible. ¿A qué hora puede ir mañana? —Guarda silencio—. ¿Por favor, Clare? —necesito asegurar que esto quedará resuelto hoy. Quiero ayudar a Elisa, pero no confío en ella para dejarla merodear en el apartamento sin vigilancia durante todo el día. 

—Haz que madrugue, la quiero a las siete en mi oficina, la entrevistaré primero. 

—Y un segundo favor.

—¿Otro?

—¿Podrías llevarla de compras?

—¿Es tu nueva conquista? —vuelve a molestarse, respiro hondo. Necesito convencerla por las buenas, me recuerdo.

—Clare.

—Sabes que un clavo no saca otro clavo, ¿no?

—No es eso, es que no dejé que recogiera nada —miento y me ahorro explicaciones sin mencionar la mochila casi vacía de Elisa—, ese sitio era… ni te puedes imaginar, Clare.

—Pero nada de ropa cara —cede.

—Gracias.

—Nos veremos mañana. Y más vale que sea de mi agrado.

Me abstengo de decir que nadie es nunca de su agrado y cuelgo. Inclino mi cabeza hasta tocar la madera del escritorio. Puede que un clavo no saque otro clavo, pero este aprieto en el que estoy por lo menos me distrae del problema de la infidelidad.

El mar me llegaba a las pantorrillas, me incliné para tocar el agua con mis dedos. El día tenía unas nubes oscuras que auguraban tormenta. ¿Qué hacía aquí con este mal tiempo? Miré a mi alrededor, no había señales de arena, solo mar. Giré sobre mi eje, ¿y la tierra? Caminé hasta que la vi. Ella estaba dándome la espalda, llevaba puesto el vestido de encaje blanco de novia.

—¡Daiana! —se detuvo apenas un segundo y siguió andando. Corrí tras ella. ¿Acaso no se daba cuenta que no había tierra firme? Lo mejor era mantenernos juntos hasta que alguien volviera por nosotros. Pero ella seguía andando tercamente hacia ninguna parte.

Aceleré el paso golpeando mis pantorrillas contra las olas sin jamás aumentar su altura, siempre hasta las pantorrillas, como si estuviéramos en un charco en lugar de un mar. Las nubes eran cada vez más oscuras y ya podía escuchar los truenos. 

—¡Daiana, regresa! —sin importar cuanto corriera, ella siempre mantenía el mismo paso lento yendo hacia ninguna parte, estiré el brazo para alcanzarla, estaba seguro de que esta vez sí la tocaría y…

El sonido de los golpes contra la puerta hace que abra los ojos. Me levanto de la silla y abro. Elisa está ahí con una disculpa grabada en la frente. 

—Lo siento, calenté algo de cena para ti. Ya anocheció y creí que, tal vez, deberíamos hablar.

¿Hablar?

—¿Tú ya cenaste?

—No.

—Bien, entonces hablemos.

Me dirijo a la cocina y ella avanza tras de mí.

¿Qué tan difícil podría ser compartir techo con una desconocida? El peor escenario que se me ocurre es que terminaré convirtiéndome en su tutor tal y como dijo Clare y, el más catastrófico, será si le pago los estudios, la beco o le rento un apartamento. 

«¿Qué podría ser lo peor?»

Muchas gracias por leer. No olvides dejar tus impresiones al final. Nos leemos pronto.

Comentarios

Deja un comentario