EL DESTINO, LA CASUALIDAD Y EL AZAR

«La Gioconda»
Leonardo Da Vinci
ÉL
Domingo, 05:16
«¿En qué lío te has metido ahora, Leonardo?», si mamá estuviera aquí eso diría.
Sirvo un vaso de agua natural y otro de mineral. Aún siento los efectos del alcohol en mi cuerpo, necesito estar sobrio o por lo menos aparentarlo. Pero nada mejor para bajar la borrachera que una mujer en peligro durante la madrugada.
Así es, ella está aquí. En mi sillón a las… reviso el reloj de la cocina, cinco de la mañana. Planeé utilizar mi día libre para terminar con la colección de vino, en su lugar estoy pagando las consecuencias por ayudar a una desconocida después de casi veinticuatro horas sin dormir.
«Lo sé».
Ella no debería estar aquí.
Miro los vasos frente a mí. Exhalo y tomo en largos tragos el agua mineral, vuelvo a servir un poco más. No es alcohol, pero con algo debo pasarme las ganas de golpearme a mí mismo por ser tan estúpido. En la sala, sus sollozos son acompañados por pequeños espasmos.
Es solo una chica asustada, ese cabrón estuvo a punto de secuestrarla y ha entrado en un ataque de llanto desde entonces, lo que respondería perfectamente a la pregunta ficticia de mamá: «¿En qué lío te has metido, Leonardo?»
Ayudé a una joven y la traje a casa sin conocer su nombre siquiera. Espero que esto no sea un secuestro. Mierda. Ni siquiera sé si es menor de edad. Rodeo la isla de la cocina con los dos vasos de agua, pero incluso cuando estoy a unos pasos cerca de ella ignora mi presencia. Lo cierto es que no sé cómo conseguí traerla hasta aquí.
«Sí que sé».
Con pequeños empujones la hice subir al automóvil, con mi brazo en sus hombros la ayudé a caminar hacia el elevador, me gané la confusión de Teodoro —el anciano de seguridad del edificio— cuando pasamos a su lado con ella llorando y moqueando sin dejar de caminar. Y cuando por fin la hice sentarse en el sofá, no conseguí que emitiera una palabra, ni su nombre, ni su dirección, ni siquiera una muestra de agradecimiento.
—¿Estás bien?
Abre la boca, pero al final solo consigue que salgan sollozos y no palabras.
—Shh, tranquila, todo está bien.
Me quedo cerca, con la distancia de un par de metros, la exigida luego de los eventos de hace una hora, intento darle tranquilidad y no asustarla. Dejo el vaso de agua frente a ella, pero ni siquiera lo mira. Cubre su cara con las manos y llora más. Respiro hondo.
Me masajeo la frente intentando controlar el dolor de cabeza. Sé que necesitaba una distracción de Daiana, pero esto es cruzar la línea. Tomo un sorbo y respiro hondo. Los llantos de la joven vuelven a ir en aumento. Tengo que alzar un poco más la voz para hacerme oír sobre el llanto.
—Oye, todo está bien. Aquí estarás a salvo. Lo prometo.
Y entonces ella me mira, quizá es la primera vez que lo hace desde que llegamos. Ella tiene unos grandes ojos marrones, llenos de miedo y dolor. Intento aferrarme a lo sensato, ella no es mi problema. No soy un héroe medio borracho ni nada así, solo estuve en el momento y lugar correcto y ahora necesito su nombre y una dirección para hacer que se vaya. Ella se limpia las mejillas, solloza débilmente. Mis palabras la tranquilizan por lo que sigo hablándole.
—Aquí estarás a salvo, nadie va a lastimarte. Él no lo hará. Estoy aquí, y voy a protegerte. —Me siento como un tonto mientras digo eso en voz alta, pero consigo que mis palabras la tranquilicen. Ahora sólo le tiemblan los labios, gruesos y rosados que ella no para de morder para calmarse. Puedo con esto—. Me llamo Leonardo.
Se mantiene en silencio, debe estarse preguntando qué tan seguro es estar aquí con un desconocido, espero que sepa que es más seguro que estar en el otro lugar con aquel otro desconocido que quería secuestrarla y a saber qué tanto más.
—Soy Elisa.
ELLA
Llevo meses sin pronunciar mi nombre real, siempre invento uno o doy el nombre con el que todos me conocen en el bar, y me pregunto luego de tanto qué tan diferente seré yo de la anterior Elisa. Intento concentrarme. «Aquí y ahora».
—Soy Elisa —repito convenciéndome de ser ella.
—¿Estás bien?
—Gracias, yo… —Me quedo sin saber qué más decir, me ofrece un vaso con agua que acepto y bebo a prisas.
—Estás en mi apartamento —me explica—, puedo pedir un taxi para que te lleve a tu casa.
Comprendo hasta entonces que ya no estamos en las calles oscuras a unas manzanas del bar de Don, ahora estamos en lo que parece un elegante y moderno apartamento de un hombre que supo invertir su salario. Desde la alfombra gris de la sala hasta las elegantes lámparas del techo todo se ve exquisito y costoso. Imposible que estemos siquiera del lado de la ciudad donde yo vivo. ¿Cómo llegue aquí?
—O… puedes quedarte a pasar la noche —añade ante mi falta de respuesta—. Tengo una habitación extra —vuelve a beber de su vaso de un jalón—. El taxi llegará en diez minutos si lo pido ahora —vuelve a repetirme la primera opción, la más sensata, la que seguramente desea que tome y la que sé que debería elegir.
—No quiero aprovecharme, ya hiciste demasiado por mí.
Él no responde, supongo que en espera de que yo decida irme.
—¿Dónde estamos?
Me dicta la dirección, y maldigo mi suerte, terminaré pagando la tarifa del taxi a lo equivalente a todo un día de trabajo. No puedo pagar eso, es imposible. Necesito guardar el dinero para mis gastos y tengo apenas lo suficiente para eso. La cocina del otro lado de la estancia tiene una isla con taburetes y sin poder evitarlo mi mirada cae en el refrigerador que seguramente está lleno de comida a diferencia del mío.
Trago saliva probando con mi suerte, lo peor es que mi sutileza no dé resultados y termine caminando por dos horas hasta llegar a mi edificio:
—Creo que… preferiría no viajar sola en taxi.
Asiente, aunque hay una mueca de derrota que tarda en disimular, quisiera retractarme, pero no puedo, no que no quiera, no tengo intenciones de salir con este frío, a esta hora, para caminar tantos kilómetros; estoy consciente que él podría ser un asesino en serie o un violador, pero me rescató de un hombre que no dejaba dudas que podría ser de ese tipo. Además, estoy segura de que si él lo fuese no se sentaría a esperar que yo me tranquilice.
Leonardo observa el vaso vacío largos segundos. Se levanta y hace un movimiento de mano para indicarme que lo siga, ¿de verdad? La ilusión se mete de lleno en mi cuerpo y sin dudarlo, como si jalaran cuerdas de mí, me levanto de un salto y camino tras él.
Me deleito ante la posibilidad de descansar de verdad por una vez. Una cama. Oh cielos. Una cama por una noche, la simple posibilidad hace que me derrita de emoción.
¿De verdad me permitirá dormir aquí? Es una locura. Cada parte de mí debería estar asustada, pero supongo que el miedo funciona igual que una montaña rusa, primero estás en la cima del terror y luego en picada hacia la total indiferencia o fascinación, ahí me encuentro ahora.
No miro a mi alrededor para no parecer una fisgona, no quiero que piense que estoy observando con detenimiento lo que podría robarme ni nada que pueda hacerle cambiar de opinión. Se detiene a mitad del pasillo frente a una puerta de madera.
Y como una montaña rusa, el tren del miedo comienza a ir cuesta arriba.
Una recamara. Un hombre. Oscuridad. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Cómo es que fui tan tonta para meterme en esto yo sola? Mis ojos no pueden despegarse de la cama tendida. «Aquí y ahora, respira, respira». Leonardo enciende la luz y entra al cuarto. «Respira. Tú puedes, Elisa». Miro hacia el pasillo, podría correr y llegar a la puerta, con suerte no estará el seguro puesto. Estoy a punto de mover mis piernas hacia la salida cuando él habla de nuevo.
—Aquí está el baño. Si necesitas más cobijas están en el vestidor. El apagador de las luces. —camina por toda la habitación indicándome dónde encontrar cada cosa. La montaña rusa va cuesta abajo, lentamente, pero hacia abajo.
Se acerca a mí, estoy segura de que me pondrá una mano encima y de lo único que soy capaz es de mirar hacia mis tenis sucios, deshilados y feos, los que alguna vez fueron mis favoritos. «Aquí y ahora. Corre, corre». Pero mis piernas están congeladas. Estoy por echarme a llorar de nuevo cuando él vuelve a hablar, ajeno a lo que va mal conmigo.
—Cualquier cosa que necesites, estaré en la habitación del frente. Buenas noches, Elisa.
Parpadeo como si me hubiesen lanzado un balde de agua helada.
—Yo… buenas noches, Leonardo.
Doy un par de pasos dentro de la habitación, y en cuanto puedo cierro con el seguro. Me quedo unos segundos con la espalda apoyada a la puerta temiendo que él regrese o intente entrar, pero nada ocurre. Incluso espero a que sus pasos se alejen, y hasta que no escucho el sonido de otra puerta cerrarse no puedo respirar con tranquilidad. La habitación está iluminada. Aquí me doy el lujo de ser una fisgona recorriendo cada centímetro del lugar, es como una suite de lujo y no una habitación desocupada. Camino hacia el baño para despejar mi mente con un poco de agua.
El único espejo al que he tenido acceso todo este tiempo fue el del cambiador del burdel, uno mediano partido a la mitad donde todas nos maquillamos, lo que quiere decir que está usualmente acaparado por las de mayor experiencia y tiempo. El único momento que tengo tiempo con el espejo es una vez a la semana antes de comenzar mi show.
El reflejo que he visto de mí misma es el de Becky, la camarera triste de un burdel que se maquilla de manera exagerada para no ser reconocida, que siempre termina con el rímel corrido por el sudor y que viste ropa espantosa.
Esta es la primera vez en meses que me veo a mí misma. Con un suéter maltratado por el tiempo, mi cabello revuelto por el altercado, mi cara echa un desastre por el llanto, mi cuerpo delgado por el hambre, y mi mirada aterrada y vacía. No soy yo. O tal vez soy yo. Pero estoy segura de que no soy quien quisiera.
Salgo del baño dejando atrás el reflejo de una completa extraña y voy a acostarme en la cama, con cuidado me acomodo debajo de las sábanas como si temiera ensuciarlas con mi cuerpo, respiro contra las prendas que huelen mejor que yo y en algún punto mientras respiro ese nuevo aire puro me encuentro en un pacífico sueño.
El primero en ocho largos meses.

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