No le estaba dando gracias por la moneda, ni tampoco por la molestia que se había tomado al detenerse a ayudarme. Le estaba dando las gracias por… bueno, por algo que no estoy segura de poder explicar ni tan siquiera ahora. Por mostrarme que en el mundo se puede encontrar algo más que crueldad, supongo.
Memorias de una Geisha — Arthur Golden
ELLA, ÉL, ELLOS
«Las señoritas de Avignon»
Pablo Picasso

ELLA
Sábado, 03:00 a.m.
El sujeto que está llorando, mientras le lanza billetes a Tania, la bailarina, quiere otra ronda de tequila reposado; para el gordo fumador, una cerveza; al hombre que acompaña a Sara hacia el cuarto privado, dos whiskys en las rocas; para el que manosea el contorno de los pechos de Sofía, más brandy.
Le doy la lista de pedidos a Juan y se apresura a servir cada trago. Hoy es solo otra noche larga. Bajo por tercera vez la falda, pero sé que por más que tire de ella la mitad de mi trasero queda al descubierto. Los sábados son noche de corsé, por lo que uso uno apretado que me dificulta respirar y que hace que mis pechos reboten al caminar.
Coloco un trago tras otro en la bandeja plateada y regreso con los clientes. Un grupo de ancianos chifla al pasar frente a ellos. Con un poco de suerte y de agilidad consigo esquivar sus manos sucias que pretenden alcanzarme. Una vez que entrego las bebidas, doy otro recorrido en el lugar para las nuevas órdenes y propinas.
Para el grupo de universitarios, cerveza barata.
Si yo hubiera imaginado que un año después de la muerte de mis padres terminaría en un burdel, no lo habría creído posible, pero aquí estoy.
Para el hombre que se atraganta con el cabello y cuello de Elvira, más whisky barato.
—Becky, atiende a la mesa dos —ordena Lorena al pasar tras de mí, ella es la mujer a cargo de las camareras, también es una de las personas con más antigüedad aquí.
—Caballeros —saludo al trío de imbéciles, también son los clientes frecuentes del Bar de Don, conozco sus nombres y si me esfuerzo un poco puedo recordar incluso sus historias.
El más viejo de ellos deja de besar a Dani para prestarme atención.
—¿Ya quieres ir al privado? —me propone, niego sin dejar de elevar mi sonrisa a la fuerza.
—Apostaría mi salario a que eres una pervertida —secunda Jorge, un hombre de cuarenta que tiene esposa y tres niños, viene cada viernes sin falta decidido a insultarme como si de esa manera pudiera hacerme cambiar de opinión.
—Ni te imaginas —responde Dani acariciando al segundo de la entrepierna mientras sigue besuqueando el cuello del primero, ella me guiña un ojo para que le siga el juego, pero me limito a encogerme de hombros.
—Tres whiskys en las rocas —responde el más joven de ellos, tiene treinta y seis años, es viudo y cada sábado se encuentra arrastrado a este bar. Nunca lo he visto con alguna mujer, ni siquiera presta atención a Tania en el tubo que ahora lanza sus bragas a la mesa del fumador.
Tomo nota del pedido y me retiro.
Cuando entré a trabajar aquí, Don me explicó cómo funcionaba todo:
Yo elegía cuánto dinero ganar y cómo hacerme de las propinas. El límite era el que yo decidiera poner. El mío es pasearme entre las mesas en ropa provocativa e indiscreta, tomando órdenes y piropos, ignorando propuestas para lamer penes y rechazando a los que quieren frotarme contra ellos. Y a pesar de mis límites, las propinas son buenas.
Mi resistencia para “subir de categoría” no tiene que ver con la moral ni alguna ideología. La razón se limita a una: tengo que seguir siendo Elisa, porque si pierdo lo poco que queda de mí por un fajo de billetes, jamás saldré de aquí.
Y necesito irme, lo necesito con desesperación, por lo que mantengo la puerta de salida abierta, aunque aún no pueda irme, porque tengo que enviar el dinero para que Adrián, mi hermanito de siete años, pueda seguir viviendo con la persona que se quedó con la custodia, la casa de mis padres y luego me lanzó a la calle.
Eso no evita que mis ojos se desvíen a la pista de baile donde hay billetes tirados en el suelo, ni que pierda de vista lo que recibe Dani antes de llevarse al cliente al privado o cómo los pechos de Sofía ahora tienen unos billetes atrapados en su ropa interior. Y yo sigo sin tener lo suficiente para pagar mis deudas.
Don vigila desde el rincón, sus ojos se encuentran con los míos y sonríe. Porque él lo sabe y yo también, estoy tan cerca de tocar fondo. Sonrío y finjo que no estoy quebrándome frente a todos.
Esta es mi vida ahora y sin importar cuanto la odie, sé que el día de mañana volveré aquí.
ÉL
Sábado, 13:00
A veces, pienso que la vida tiene una manera retorcida de jugar con nuestras aspiraciones, como si algo interviniera para darnos lo contrario a lo que deseamos del peor modo posible. El destino tiene una peculiar manera de decirle a las personas que se jodan.
Hace seis meses, en un sábado y a esta hora estaba celebrando junto a ella el compromiso. Había música, risas, aplausos y abrazos deseándonos una encantadora vida juntos. Mentiras. Mi madre no para de repetir que todo sucede por una razón. Más mentiras. El teléfono vibra sobre la mesa y la pantalla se enciende para mostrar el mensaje nuevo.
Necesitamos hablar.
Me río sin gracia interrumpiendo el silencio de la oficina. No fue eso lo que dijo cuando la encontré con él. Ya pasó una semana y es seguro que tiene un nuevo libreto con el cual pretende engañarme para volver.
Es apenas la una de la tarde y desearía que fuera la una de la mañana, para estar a solas, en mi apartamento, llenándome de alcohol y comida chatarra mientras maldigo su nombre. «Daiana». Su nombre es una maldición por sí solo.
—Daiana llamó de nuevo, señor —Jessica se asoma por la puerta mostrando la mitad de su cuerpo.
Le lanzo una mirada helada a mi secretaria, y no necesita palabras para entender que está de sobra informarme si mi prometida -ex prometida, me corrijo- llamó o no, sale apresurada. Espero que sea la última vez que sepa de ella. El pensamiento dura más que el tiempo que le toma a Daiana llamarme directo a mi teléfono. Dejo que suene. Luego de cuatro tonos envía un nuevo mensaje:
Lo siento.
Lo único que lamenta es que lo descubriera todo tan tarde, o justo a tiempo para cancelar. Todos insistieron en que debí tomarme unos días para asimilarlo, pero tengo cosas más importantes por las cuales lamentarme que por un corazón roto. Tengo llamadas por hacer y clientes a los cuales atender, la vida tras la ventana sigue y no planeo quedarme atrás.
Y, por otro lado, quiero que llame todo el día como lo ha hecho toda la semana, que llame hasta que se crea que no voy a responder. No volveré a caer en sus engaños, sin importar cuanto la eche de menos en mi vida. No, a ella no, a la persona que creí que ella era.
«Daiana».
Lucho contra el deseo de irme a mi apartamento y sigo en la oficina, porque tengo una lista de pendientes, una oferta de negocios y ninguna intención de crear rumores.
«Pobre, canceló el compromiso a dos semanas de la boda»
La idea me mantiene quieto en mi sitio, aunque de vez en cuando golpeteo las teclas con más fuerza de la necesaria.
«Tan felices que se veían» Los imagino murmurando entre escritorios mientras yo me quedó aquí ajeno a todo, a todo menos a la infidelidad. «¿Por qué habrán cancelado?»
¿Para este punto todos lo sabrán? Clare, mi hermana, y Cloe, mi prima, iban a cancelar las invitaciones. Una semana debería ser tiempo suficiente para esparcir la noticia.
«Tiene ojeras, ni siquiera puede dormir sin ella»
Seguramente se inventarán historias a falta de la versión oficial.
Una semana no es tiempo suficiente para superar una relación de dos años. Pero me obligo a vivir sin más modificaciones, cumplo con mi horario laboral, atiendo clientes, reviso proyectos, me presento a las reuniones. He pretendido toda una semana que mi vida no se puso de cabeza por culpa de Daiana.
Leonardo, falta una semana todavía.
El siguiente sábado deberíamos habernos casado, lo sé. Tomo el teléfono y lo dejo caer al cajón del escritorio. No le daré el gusto de que sus llamadas vayan directo al buzón, al contrario, quiero que llame y se intente poner en contacto, hasta que entienda que lo único que cambio en mi vida fue su presencia. No habrá muestras de mi consideración hacia ella, menos luego de que no consideró mis sentimientos al acostarse con… No. Ni siquiera pensaré en eso.
La puerta se abre y se asoma de nuevo Jessica. No debo, pero, si vuelve a interrumpirme por Daiana, la despediré.
—Su madre está en la línea.
Asiento y Jessica se escabulle de regreso a su lugar.
Ella sabe que no podré ignorar sus llamadas si llama a la oficina. Jamás he colgado el teléfono a mi madre, y no empezaré ahora, aunque es otra cosa que también deseo en este momento.
Levanto el teléfono al primer timbre.
—Ven a casa —sus consejos siempre suenan más como una orden.
—Estoy ocupado en la oficina, mamá.
—Necesitas despejarte, Leonardo.
Entre todas las oraciones esta es la menos amable para la dulce Elena.
Me reclino contra la silla ejecutiva y giro para mirar la ventana tras de mí.
—Necesito ganar dinero, mamá. —Sé que no es cierto, y sé que ella lo sabe.
Silencio.
—¿Se me permite un minuto de sinceridad? —No respondo—. Me alegró escucharlo. Leo, ella no te merecía. Por algo pasan las cosas.
A mamá nunca le agradó Daiana y jamás fingió lo contrario. No tengo ninguna palabra para acompañar las de ella, puede que tenga razón o puede que jamás encuentre a esa persona, o que tenga justo lo que merezco, pero no importa.
—¿No vendrás? —insiste ante mi silencio—. Puedo hacerte una reservación en la aerolínea, conseguiré que vaya por ti la avioneta apenas lo digas y tendremos todo listo para tu llegada. Héctor te extraña.
Héctor es el esposo de mamá desde hace casi veintidós años y es como un segundo padre para mí. Por lo menos recibí un mensaje de su parte al día siguiente que anuncié el rompimiento para decirme que estaría para mí cuando quisiera hablar de ello. Mi padre biológico, en cambio, lleva desaparecido desde hace medio año y no sé si ya se enteró o no le importa en absoluto la noticia.
—Tengo compromisos toda la semana —miento.
—Clare canceló la reservación de avión para la luna de miel y…
—No me interesa. Es sólo dinero —la detengo.
Me levanto de la silla con el teléfono en la mano. Mi paisaje diario son los rascacielos de la ciudad y los vehículos a baja velocidad sobre las calles. Mantengo la distancia a un paso del cristal. Abajo las personas se mueven veloces para perseguir sueños o no perder sus empleos.
—No quiero que haga uso de tu dinero —usa su tono de voz cariñoso, pero la firmeza está detrás.
Mamá siempre pensó que ella era una cazafortunas, me parece lógico que crea que sería capaz de hacer uso de las reservaciones de la luna de miel, como un viaje internacional con su nuevo novio.
—Estoy ocupado, mamá. Haz lo que te parezca mejor, hablaremos después.
Cuelgo el teléfono y me llevo las manos al rostro.
Mi capacidad de leer a la gente y conocer sus mentiras estaba fallando a niveles estrepitosos. Jamás volveré a confiar en nadie de manera precipitada. O al menos eso pienso, venga, al menos eso espero.
NOTA AUTORA/advertencia: sobre aviso no hay engaño, en teoría. Esta novela la estaré subiendo aquí hasta el capítulo quince.
¿Por qué hasta el capítulo quince? Porque quiero que conozcas mi escritura, porque esta novela me ha tomado tres años decir ya está lista y porque tiene una extensión en word de setecientas páginas (sin relleno, que ya le quité más de quinientas). Si tuviste la oportunidad de leerme en el pasado la versión de Una dama de burdel, que era como se conocía anteriormente en plataformas, prometo que el tiempo para releerla ha valido la pena, tomé todas las críticas para darles una historia donde Elisa no las haga enojar.
¿Cuándo estará lista para ser mostrada en su totalidad? En octubre por amazon. Pero hoy, te comparto los capítulos. Ya sabes, eres libre de comentar.

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