II (UMTF)

El tiempo… locura todo

Esa mañana se quedó acostado más tiempo del que se permitía.

—Buenos días, Laura.

Y como venía ocurriendo nadie le deseó un buen día. Posó su mano sobre la almohada a su lado y la imaginó. Una sonrisa deslumbrante; los ojos verdes mezclados con gris que brillaban al verlo; el sonido dulce de su voz; una pequeña y delgada mano a la que le gustaba acariciar su barba. Por ella había mantenido la misma barba y al mismo espesor durante una década, y estaba seguro de que seguiría siendo así hasta el día de su muerte.

—Te extraño tanto —abrazó la almohada frente a sí con enojo, porque estaba enojado, había vivido con un nudo de dolor que se había convertido en ira contra la vida al pasar los años. Si cerraba los ojos podía ver la vida que habrían tenido si tan solo el cáncer no se la hubiera llevado antes, pero en su lugar debía obligarse a vivir sin ella.

Por eso no le gustaba quedarse en la cama, se volvía un hombre triste, consumido y nostálgico, lo que hacía difícil ponerse de pie y pretender que todo iba bien, pero en mañanas como esa terminaba llorando contra la almohada a su lado sin entender cómo debía seguir.

Cuanto más pasaba el tiempo más se resistía a dejar ir el pasado, se aferraba a los recuerdos como quien se sabe a la deriva, solo los recuerdos lo hacían sentir: dolor y pesar, pero era mejor eso a la nada que sentía durante el resto del día. Sufrir era el recordatorio de lo mucho que fue capaz de amar.

—Buenos días, Laura —y la almohada seguía sin responder.

Dos horas más tarde, entró en la cafetería a una cuadra de la oficina con un libro bajo el brazo, tomó asiento en el patio interior de la cafetería, pidió un café sin azucar ni leche y empezó la lectura. Leer treinta minutos cada día era parte de su rutina. Esa mañana tenía una antología de cuentos de Leon Tolstoi. Sentía como si al leerlo le hablara un viejo con historias de las ciudades que había conocido en otra vida, aunque a veces al leer a Tolstoi pensaba que bien podría tratarse de un aristócrata disfrazado de pordiosero, le gustaba imaginarse a los autores de sus libros sentados frente a él cuando leía, era como si conversara con otra persona. Eso hacía hasta que una voz a su lado lo interrumpió:

—Está asustando a los clientes —murmuró la mesera al gerente, siguió la mirada de ella y pudo entender de lo que hablaban, a unas tres mesas de distancia una mujer tenía entre sus brazos un pequeño conejo blanco. Lo abrazaba y lloraba de manera desconsolada y acariciaba las orejas del felpudo animal.

—Dale cinco minutos y luego llévale la cuenta —dijo el gerente antes de regresar al interior.

La mujer, ajena a ser el centro de atención de los comensales, lloraba en silencio con lágrimas que descendían por sus mejillas acariciando con tristeza al conejo. La observó sin entender de dónde venía aquel llanto. Ella levantó al conejo con ambas manos para quedarse mirándolo de frente con sus narices a punto de rozarse entre sí y por el modo en que sus labios se movieron entendió que le hablaba a la criatura.

—Qué loca —comentó una mujer sentada en la mesa a su lado, mientras bebía el té con una ridícula elegancia.

No, no está loca, sólo está llorando, pensó Héctor, ¿por qué es tan incómodo ver llorar a otra persona? Es posible ver personas reír, quejarse, enojarse, discutir, o soltar carcajadas, incluso es más aceptable ver a dos personas compartiendo miradas de deseo, pero en cuanto alguien llora genera incomodidad en lugar de empatía, reflexionó.

La mesera seguía indecisa en cómo abordar a la cliente para echarla de ahí y, sin meditar sus acciones, Héctor se levantó y caminó hacia ella.

El condenado conejo estaba enfermo. Debía estarlo, porque solo eso explicaba que no se hubiese comido su ensalada desde el día anterior o que no quisiera jugar a perseguir a los niños. Y Elena sabía lo importante que era el conejo para mantener la paz en la casa.

Ese día, llevó a sus hijos a la escuela y al conejo en la jaula a la veterinaria.

—Debe estar enfermo —dijo el veterinario dando un simplón resultado sin solicitar análisis.

—Lo sé, por eso lo he traído.

—Ya… los conejos son delicados. Lo siento.

¿Qué clase de veterinario era ese? Uno gratuito e ineficiente. Aunque él se lo había advertido: su especialidad eran perros y gatos. No más, no animales de granja ni mascotas exóticas. Y no estaba siendo gracioso o modesto, sino que hablaba muy en serio.

Salió de la consulta cabizbaja con la jaula en una mano y apretó al conejo contra su pecho con la otra. Para cuando llegó a su coche estaba llorando desconsolada como si le hubiesen dicho que quien iba a morir era ella.

¿Qué será de los niños sin el conejo?, se lamentó. Y como si quisiera agradecerle al animal por la presencia en su vida, se encontró en una cita con una jaula en una cafetería que permitía acceso a las mascotas. Puso la jaula en la silla a su lado y pidió una ensalada para él y otra para ella, pero cuando el conejo no quiso comer la lechuga ni las rebanadas de zanahorias volvió a llorar. Sacó a la mascota de la jaula, la abrazó dándole y dándose a sí misma consuelo.

Ni siquiera tenía nombre, era solo Conejo. Lo acercó a su rostro, pero ningún nombre le quedaba mejor que ese y volvió a derramar lágrimas.

—Te llevaré a dar un paseo —le prometió como si con eso pudiera convencerlo de vivir más tiempo—, compraré zanahorias grandes para ti.

Era un pilar importante en su hogar, calmaba los berrinches de Clare y mantenía a Leonardo lejos de la televisión. ¿Qué sería de ella sin el conejo? Llevaba con ellos solo tres meses, pero podía notar la diferencia, podía dejar a los niños en el patio trasero con el pretexto del conejo sin sentirse una mala madre mientras se apresuraba a limpiar la casa. Abrazó aún más al conejo pensando que ese gordo animal hacia un mejor trabajo como madre que ella misma.

—¿Se encuentra bien? —preguntó un hombre sentándose a su lado, consolandola desde su sitio. Elena negó con la cabeza incapaz de hablar y volvió a llorar. Enterró el rostro en el afelpado cuerpo de la mascota.

¿Qué sería de ella? Le gustaba su vida, le gustaba mucho, aunque a veces se saliera de control.

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